sábado, diciembre 02, 2006

El spangenhelm (7): Evolucionar sin cola prensil fue un error, pero es bueno que un amigo te eche una mano

Bajas tranquilamente al garaje, provisto de todo lo necesario para colocar los últimos remaches del spangenhelm.

Vuelves a bajar al garaje, esta vez si, con todo lo necesario (mira que siempre me pasa lo mismo, y no espabilo)

Comienza el despliegue de cachivaches; muy bien todo en orden. Con una mano, se sujeta el yelmo en su posición encima del yunque. Con otra mano, agarras el Chisme de Remachar Inalcanzables. Y con otra mano, pillas el martillo.

Ooooops!

O falla la anatomía, o fallan las matemáticas. ¡Y yo que pensaba que ya casi se habían despejado los vapores del gasoil!

¡Ah, no, espera! ¡Es que ha venido mi amigo Arant a ayudarme con esto! Pues menos mal, porque ya me veía dando golpes con el martillo sujeto entre los dientes.

Al principio, el Chisme de Remachar Inalcanzables era un poco inmanejable, se resbalaba del remache y no había forma de atinar. Pero enseguida descubrimos el problema: la punta redondeada era demasiado afinada, hacía falta algo más aplanado. Un par de macetazos bien dados, y solucionado.

El Chisme de Remachar Inalcanzables ha resultado ser un gran descubrimiento, no solo te permite llegar a sitios donde el martillo jamás ha estado, sino que además te permite usar una pesadísima maceta en lugar de un liviano martillo de bola. La diferencia es notable, te ahorras docenas de golpes y te queda el remache mucho mejor ajustado. Lo usamos para terminar de ajustar algunos remaches que habían quedado un pelín flojos, y mano de santo, oiga usté.

Tan sólo una recomendación al respecto: si vas a poner la mano cerca del sitio donde un amigo va a liarse a macetazos, comprueba antes su pulso, su coordinación óculo-manual, y sus intenciones ocultas.

Porque Arant falló al Chisme de Remachar Inalcanzables (por cosa de un palmo), y sólo mis rápidos reflejos evitaron que me aplastara la mano (por cosa de milímetros). ¿Un accidente? Me voy a explicar: eso ocurrió ¡TRES VECES!. Y luego el tío se carcajeaba, pero con esa risa reservada a los científicos locos de los Cárpatos mientras claman algo en la línea de "¡Vivo! ¡Está vivo!".

En fin, no llegó la sangre al río, y aqui tenéis a Arant ataviado con cofia de armas, almófar y yelmo, ya con todas las placas correctamente unidas. ¡Y al tío le vale! ¡Si yo me pongo la cofia y el almofar, el casco no me lo puedo poner ni de coña, como mucho me lo puedo posar encima de la cabeza!

Si, efectivamente, he rediseñado el almófar para que cubra mejor los morros, y además aún no he contado casi nada sobre la cofia en el blog. Calma, que todo se andará.

Ampliando la imagen, veréis que al yelmo aún le faltan los remaches de abajo, que es donde irá sujeto el borde de cuero. Esa historia la reservaré para la próxima entrada.

¡Ah! casi se me olvidaba. Antes de pasar a la parte de cuero, falta darle un último toque a la chapa. Si no quieres que el sudor acabe con el interior del casco en menos que canta un gallo, es mejor hacer algo para evitar su oxidación instantánea en cuanto te lo pongas. Para ello, una buena alternativa es pintarlo. Después de cubrir los bordes con cinta de carrocero (para pintar sólo el interior, que nos conocemos), yo lo pinté con pintura negra en spray. Si ya sé que no es histórico, pero tampoco lo es el papel de lija, no os pongáis tan tiquismiquis, caramba.

1 comentario:

arant dijo...

y que guapo que estoy y que ladino que parezco...