miércoles, septiembre 06, 2017

Larrasoaña Iacobea 2017: yéndose a paseo

[Antes de comenzar esta entrada, debo exponer una verdad universal: la tortilla de patata debe llevar cebolla (y estar jugosita)]

Los más viejos lectores de este blog conocerán a mi buen amigo Íñigo de Mendoza. Bueno, así a bocajarro, a lo mejor no. Pero si digo El Artesano Principiante, seguro que sí que os suena.

Pues el caso es que Íñigo me dijo hace unos meses: "Oye, Axil, que vamos a montar un evento pequeñito y familiar aquí en Navarra, que si te apuntas". Y yo estoy muy perezoso con esto de la recreación, pero ¡qué leches! ¡Es Íñigo convocando a un evento, a eso hay que ir!

No sé si sabéis que el ser humano medio, expuesto a una cifra con decimales, tiende a truncar en lugar de redondear. Pongamos un ejemplo: si te vas a comprar algo que vale 17'99€, se tiende a interpretar como 17€ que, a su vez, ves como "poco más que 15€". Sin embargo, en realidad son 18€, mucho más cercanos a "casi 20€". Pues a mí, con eso de Navarra, me pasó lo mismo.

Porque Navarra está ahí, a un minúsculo salto riojano desde Soria, que está pegando a Guadalajara; vamos, aquí al ladito de casa.

Si hubiera redondeado como $deity manda, me hubiera dado cuenta de que Larrasoaña está en realidad bastante más apartado. Pegado al Pirineo. Que, desde mi casa, viene a ser pasado el punto Donde Cristo Dio Las Tres Voces, siguiendo hasta el fondo, a mano izquierda.



Pero bueno, ya hemos dicho que vamos, y Navarra mola, así que ¡en marcha!

[Sí, con cebolla. Cualquier otra forma de preparar la tortilla de patata es una aberración]


¡Y vaya con Navarra! Nos alojamos en un pedazo casoplón del siglo ¿XVI? de unos amigos de Íñigo que se están metiendo en esto de la recreación y que eran los anfitriones del evento. ¡Mooola!

¿A que está bien la casita?

¿Y qué hicimos a lo largo del evento? ¿Como siempre, artesanías del pasado, vistosos combates, visitas culturales a los alrededores? Pues algunos sí, pero lo chulo, chulo, chulo del evento fue otra cosa. Dejadme que os cuente una historia.

Hace ya muchos años, cuando aún no se había inventado Caralibro y todavía estaban de moda los foros de internet, unos cuantos estuvimos pergeñando un oscuro y vergonzante plan: hacer un par de jornadas del camino de Santiago por la zona del Pirineo adecuadamente ataviados como peregrinos del SXIII, que es cuando la ruta Jacobea estaba en plena efervescencia. La planificación, sobre el papel, avanzó bastante, aunque nunca terminó de llevarse a cabo. Eso sí, unos cuantos recogieron el testigo y, bajo el lema de "Ad montem festimanus", organizan periódicas salidas campestres con atavíos medievales.

Y los muy mamones lo hacen siempre a más de 400km de mi casa, así que nunca he ido.

[Cualquiera que considere que la tortilla de patata debe hacerse sin cebolla es un hereje y no tiene derecho alguno a vivir en sociedad]

El caso es que Larrasoaña está a tiro de piedra de Roncesvalles, uno de los puntos más significativos del camino de Santiago que, procedente de Francia, atravesaba los Pirineos por, entre otros, ese puerto. Y la actividad estrella del evento fue recorrer a pie, ataviados como peregrinos de la época, los algo más de trece kilómetros que separan Roncesvalles de Lintzoain.

Sí, llovía. Por supuesto que llovía. ¿Lo dudabas?

En el propio Roncesvalles lo cierto es que dimos un poquito el cante. La gente, cuando lograba recuperar el control de su descolgada mandíbula, se hinchaba a hacernos fotos y a preguntar qué demonios estábamos haciendo.

Evidentemente, llovía, pero poca cosa. Lo justo para que el sonido de las gotas en los árboles del bosque terminara de dar un ambiente perfecto al paseo, y para demostrar que las prendas de paño de lana aguantan bastante bien una (moderada) llovizna.

Bonico ¿verdad?

Halledos, robledales... todo un lujazo de paisaje, llevando la misma ropa que llevaban los peregrinos que, en su momento, se jugaban la vida para llegar hasta Santiago por estos mismos parajes.

[¡Hermanos, desde aquí os conmino a levantaros en armas para luchar contra la abominación de la tortilla de patata sin cebolla!]

Vale, lo de las suelas del calzado histórico no es algo que le siente bien a unos pies modernos cuando te pones a hacer kilómetros, y lo cierto es que los pies acabaron bastante machacados. Pero oye ¡qué paisajes, y qué forma de sentirse integrados en ellos!

Ponla en grande ¿Es, o no es flipante?

De vez en cuando nos cruzábamos con algún peregrino con botas de montaña, ropa técnica, goretex a tope, cubremochilas impermeable... y se nos quedaban mirando con cierta cara de incredulidad (aunque lo de las botas yo se lo envidiaba, de verdad que mis pies acabaron muy machacados), y, por supuesto, siempre se intercambiaba el saludo de rigor de los peregrinos: "¡Buen camino!"

Había un tipo ahí al lado tomando bocetos para una publicación nueva que va a salir ahora que decía que se iba a llamar "Las Cantigas", o algo así.

Me quedo sin palabras, porque la experiencia es básicamente indescriptible. Hacer un camino medieval, atravesando los mismos parajes naturales que se recorrían en su momento, con el mismo equipo que se usaba entonces... no quiero entrar en descripciones de lo que se siente al conectar de esa forma con la época recreada, porque me pondría místico y no es plan.

[Tú, ese, el del fondo, el que se calla con lo de la tortilla con cebolla. ¿En qué bando estás? ¿Debo llamar al torturador, para que te saque de tu error y te devuelva a la verdadera doctrina cebollil?]

Abbey Road

A pesar del calzado histórico, no avanzamos a mal ritmo. Íbamos con tiempo de sobra, y con comida (por supuesto, histórica) para comer a medio camino; pero aún así terminamos a una hora bastante decente.

¡Pero qué rico estaba el queso!
(Y sí, alguien de pies delicados puede que hiciera alguna pequeña trampa, pero es que tampoco es cosa de lesionarse)

Nos vinieron a buscar, volvimos al pueblo, nos sacamos unas fotos, y un estudioso de la zona nos hizo un recorrido por el pueblo contándonos su historia, el origen y la evolución de sus casas y familias; e incluso algunos cotilleos históricos. Una puñetera delicia, oiga.

No os hacéis idea de lo mal que me miró un perro enorme que pasó a mi lado mientras yo estaba sentado en un rincón de este puente.

De vuelta a la casa nos reencontramos con unos cuantos amigos que no habían podido llegar hasta media mañana del sábado. Hubo un taller de danzas típicas de la zona, y el profesor era bueno, pero el alumnado es posible que no estuviera a la altura. Hubo canciones, cenamos, se contaron histórias...

Hubo dragones. Azules. De peluche. Con bolsillos. Sí, con bolsillos. Porque, piénsalo bien, si eres un dragón llevándote a tu guarida un tesoro de oro y joyas ¿dónde lo vas a llevar? Eres un dragón, vas por ahí volando y arrasando aldeas, no es como si fueras con una carreta para llevarlo todo. Bolsillos. Los bolsillos son importantes.

[¡Onionistas! ¡Defendamos juntos la verdadera doctrina gastronómica! ¡Abajo los devoradores de tortillas resecas e insípidas!]

En general, una experiencia increíble; y un placer encontrar a viejos y nuevos amigos, que con esto de estar un poco apartado de la recreación hay gente a la que llevaba años sin ver, y gente que se ha metido en este mundillo recientemente y a quien no conocía aún. Si tienes oportunidad de hacer un poco el friki por un paisaje impactante y vestido de época con un montón de gente estupenda, no la dejes pasar.

Antes de irse, no olvide pasar por nuestra tienda y comprar las auténticas figurillas de recreadores históricos. ¡Con peana incluida!

Por cierto, gracias a Valischka (que es un profesional de estas cosas) por dejarme usar sus fotos y a no-sé-exactamente-quién cuyas fotos he levantado de Caralibro sin pedir permiso.



 Proporción correcta. ¿Capisci?

lunes, julio 24, 2017

Bulbuente 2017: qué bueno era Juan, y qué bien tocaba el arpa.

Vaaaale, sí, llevo casi dos años con una tremenda pereza para esto de la recreación. Pero, después de tanto tiempo, uno va teniendo ciertas ganas de pasar por un evento y, sobre todo, de reencontrarse con los amigos de este mundillo. Aunque cuenten chiste malos. Muy malos. Atroces. Porque hay chistes que no tienen perdón. Y no voy a dar más detalles.

Así que, cuando mis amigos de Feudorum Domini me propusieron volver al evento de Bulbuente, les dije que vale. Y que además, como soy más chulo que un ocho, iba a ir con todo el equipo de recreación en moto. Eso sí, tardé una jartá en llegar, pero esta vez no porque me perdiera como la última vez, sino porque a un camión le dio por arder en mitad de la carretera y tuve que volver atrás y desviarme por las faldas del Moncayo. ¡Oh, qué lástima; oh, qué camino tan feo; oh, qué mal lo pasé viendo esos pueblecitos con sus castillos colgados de las laderas del monte, y esos bosques medio perdidos que rodeaban aquella carretera solitaria!

Como empezaba a oscurecer y yo llevaba una visera tintada, tuve que ir con la visera abierta para disfrutar del paisaje y me comí toooodos los mosquitos de Aragón.


¿Qué decir del evento? Un evento pequeño y familiar en el que, para qué nos vamos a engañar, los dos pilares fundamentales de la recreación apenas estuvieron presentes.

¿Cómo? ¿Que no sabes cuáles son los dos pilares fundamentales de la recreación? ¡Pero por favor! El primero es marchar todos a paso de carga por una pronunciada cuesta arriba con todos los hierros encima (y las cuestas de Bulbuente no son nada pronunciadas, una sosería) Y el segundo pilar, POR SUPUESTO es la lluvia torrencial a medio evento. Y apenas cayeron cuatro gotas de nada, un aburrimiento.

Aunque tuvimos ocasión, eso sí, de darnos un paseo por el monte junto con bastante gente del pueblo para llegar al paraje donde está la roca de la mora encantada. La cuesta arriba, una filfilla; pero al menos el camino tenía piedras y cardos que se iban clavando dolorosamente en el calzado histórico, así que cualifica adecuadamente como recreación. Una marcha entretenida, con prisioneros cristianos bajo custodia, una fuga, una captura... una actividad distinta a lo habitual, estuvo bien.


En el pueblo, aparte de los consabidos desfiles y batalla, hubo una exposición de armas sobre las que se dieron montones de explicaciones al público. Me encantó lo de ir preguntando a la gente cuánto creían que pesaba una espada: decían que si cinco kilos, que si siete... para luego decirles el peso real y que lo fliparan.



Y, justo al lado, servidor con su malla remachada. Un éxito impresionante, porque la combinación de miopía, lentillas y presbicia auguraba una patética sesión de intentar colocar los remaches a ciegas; pero los hados de la óptica (y mucha luz) se aliaron a mi favor y no tuve problema.


Pero no todo van a ser actividades serias y sesudas. También estuvieron los juegos que organizó mi amigo Paco Boru (que además fue el que me prestó los muebles para el taller de malla)

El primero seguro que lo conocéis. Uno se coloca en el centro con los ojos vendados, protegiendo un yelmo, caldero metálico, o algo que suene al ser golpeado con un palo. Los demás tienen que golpear el caldero mientras esquivan un saquito relleno de paja o similar al extremo de una cuerda con el que el defensor tratará de golpearles: al tercer sacazo recibido, pasan al centro.
 
 Jugado entre adultos haciendo el cafre está bien, pero los niños de la zona sí que se lo pasaron divinamente.

El segundo yo no lo conocía, pero también hay varios vídeos por ahí. Dos participantes con los ojos vendados, y de nuevo con un saco de paja y una cuerda, tienen que moverse alrededor de un banco o similar, pero siempre con una mano apoyada en el mismo. Por turnos, uno debe golpear y el otro esquivar. El que va a golpear dice el nombre del otro y, a partir de ese momento, no puede moverse de donde está. El que debe esquivar se puede seguir moviendo y responderle en un momento dado, y también tiene que dejar de moverse al responder. Le intentarán golpear, y la cosa va más o menos por puntos en función de que le den o no.

Lo mejor de este juego es que también resulta divertidisímo para los que lo están viendo

 Y como entre unas cosas y otras apenas pisé el campamento, tampoco os voy a aburrir con más detalles. Sólo recordaros, eso sí, la importancia de acudir a estos eventos siempre con los más rigurosamente históricos de los atavíos, como bien sabemos mi amigo Sancho de Haro y yo.