domingo, noviembre 16, 2008

Cuchillería: una vaina con prisas.

Pues sí, efectivamente. Tal como te temías, otra entrada sobre trabajo en cuero.

Todo empezó con la adquisición del instrumento cortante definitivo. Llegó muy poco antes de nuestra salida para Santes Creus, donde pretendíamos no llevar menaje moderno: las piezas encajaban como en un puzzle perfecto.

(Vaya, un puzzle bastante raro, ahora que lo pienso)

Esto planteaba un problema de difícil solución. ¿Como exactamente iba a llevar el cuchillo? Porque claro, podía llevarlo en una bolsa de plástico, o tal vez envuelto en papel de plata, o en un trapo. Y, como el cuchillo casi no estaba afilado, atravesaría todo esto sin problemas. Y toda la ropa que viajara en la misma maleta. Y la maleta. Y hasta el fondo del maletero de la furgoneta, posiblemente.

Había que tomar medidas drásticas. Y había que hacerlo rápido. No cabía duda: I was in a mission from Glod.

Tenía que hacerle una vaina al cuchillo, y no había tiempo para florituras. Como decimos en mi gremio (y en otro gremio que tiene en común con el mío más de lo que nos gustaría reconocer en ambos) era el momento de hacer algo quick and dirty.

A pesar de haber visto algunas obras de arte en este foro especializado (¡Hola, Messer!), tuve que restringirme a algo sencillo y a prueba de meteduras de pata. La vaina más básica, y sin tener siquiera en cuenta criterios de historicidad.

Así que empezaremos por dibujar y cortar en papel la silueta del cuchillo. Ojo, no te vayas a cortar.


Empiezas cortando en el cuero todo el perfil de la hoja, dejando alrededor de un centímetro de más por todo el perímetro para que haya espacio para coserlo más tarde. En el mismo cuero, cortas otra pieza simétrica, sólo que incluyendo una tira rectangular de más o menos dos veces la longitud del mango.


Vale, la chapucilla rápida podría acabar aquí, con un poco de aguja e hilo. Pero tampoco hay que pasarse. Vamos a colocar un par de separadores de cuero entre estas piezas, para que la vaina no se hinche como un globo, y para que el cuchillo no corte la costura por completo la segunda vez que lo metas en la vaina. Ojo, no te vayas a cortar.

El cuchillo en cuestión tiene el lomo muchísimo más ancho que el filo, así que tuve que usar dos piezas de cuero de muy diferentes grosores. En la foto de más abajo puede verse cómo deben encajar; además de un cuchillo envuelto en plástico para protegerlo del cuero humedo, de la cola de contacto, y de todas esas cosas que podían llegar a estropearlo mientras lo usaba como molde para el cuero.

Ni que decir tiene que el filo del cuchillo volatilizó ese plástico a la segunda vez que lo levanté del suelo. Ojo, no te vayas a cortar.


A estas alturas, uno ya ha aprendido cómo utilizar la cola de contacto: se extiende por las dos superficies a pegar, se deja secar diez o quince minutos, se unen las superficies, y se ejerce presión.


Pero el pegamento no es más que una parte de la fijación de las piezas de la vaina. Ya sabes: dos agujas rectas, hilo encerado, una lezna; y a coser a través de las piezas de unión.


Efectivamente: los bordes de las diferentes piezas de cuero no coinciden bien ni de casualidad. Se impone un ratito de lijadora para igualarlas. Pero no te apresures, antes puedes doblar la pieza del mango hacia dentro y coserla, de forma que puedas pasar por ella un cinturón; y así también lijas e igualas esa parte.


Va pareciendo una vaina ¿verdad? Aquí es donde humedeces bien el cuero y lo dejas secar con el cuchillo dentro (bien envuelto en plástico) para que pille la forma correcta. Ojo, no te vayas a cortar.

No sé por qué seguimos haciendo lo del plástico, si al final siempre acaba oxidándose la hoja en cuestión, y hay que darle una pasadita estropajo y WD40 después. Ojo, no te vayas a cortar.

De nuevo, podríamos dejarlo aquí, pero, ya que estamos, podemos dedicar unos minutejos a un repujado básico, ¿no? Y oye, ya que nos queda un bote casi entero de tinte rojo, ¿quién puede resistirse a darle un par de (capas de) pinceladas decorativas?


Queda un poco soso ¿verdad? Le falta algo. Tenemos cuero, no sabemos qué hacerle ahora... va a ser... sí, lo de siempre: el ingrediente secreto que todo el mundo conoce: betún de judea. No te olvides de aplicarlo bien por los cantos del cuero, es lo que marca la diferencia.


Ya sólo falta algún mecanismo que evite que el cuchillo se salga solo de la vaina. No nos complicaremos la vida: una correa de cuero, un sacabocados, un par de nudos, y listo.


¡Habemus vaina! Algo sencillo, apenas dos o tres horas de trabajo, tiempos de secado aparte. Y un resultado más indio americano que caballero europeo, pero que al menos impide que te cortes accidentalmente con el cuchillo.


Bueno, te impide que te cortes cuando el cuchillo está dentro. Pero, mientras estás fabricando la vaina, es normal que metas y saques el cuchillo de la funda varias veces, estando más concentrado en el cuero que en lo que estás haciendo con el cuchillo.

Y eso es malo. Sobre todo, si dejas el dedo puesto donde no debes, mientras sacas el cuchillo de la vaina.


Limpio. Relativamente profundo. No muy doloroso, pero sangrante a rabiar. Así que ya sabes: ojo, no te vayas a cortar.

viernes, noviembre 07, 2008

Zapatos vueltos: a la tercera (o así) debería ir la vencida (bueno, o al menos la empatada)

Al pasado evento de Santes Creus se apuntó nuestro amigo Conde, cuyo atavío medieval se compondría de piezas de mi colección, y del cada vez más completo equipo de Arant.

Pero nos faltaba algo importante: unos zapatos adecuados.

Dicho y hecho, me puse manos a la obra. Tras lo extremadamente torcido de mi anterior aproximación al mundo del calzado, decidí probar nuevas técnicas. ¡Oh, caminos heréticos, destinados al fracaso, al frío y al rechinar de dientes!


Herejía 1: la suela atravesada.

Mi primer desvarío comenzó con una idea bastante cuerda: utilizar herramientas adecuadas para cortar el cuero de suela. Y tonterías las justas.

Partiendo de la silueta de la suela de unas botas compradas a Fernando, nada de cuchillos, tijeras o tranchetes. Sierra de calar, y todo listo en un par de minutos.

Como aún tenía recientes bastantes leznazos en los dedos, quise emplear un método que no requiriera el cosido a media carne. Así que preparé otra suela de cuero que coser de parte a parte, y luego pegar a la suela más gruesa. ¡Ah, y ya de paso, unas plantillas de cuero más blandito!


Para terminar de igualar las piezas, seguimos con los métodos drásticos...


...que al final acaban con unas piezas bastante bien igualadas.


Hasta aquí, todo iba bien. Para empezar, se taladran las suelas interiores (si a alguien le interesa, este cuero es el resto de un remoto y fallido intento de hacer unos brazales de cuero endurecido. Y es que, en El Blindado Personal, raramente tiramos nada)


Lo siguiente, preparar una punteras de cuero blandito que coser a estas suelas, esta vez con la idea de hacerlo directamente al derecho. Utilicé el mismo mecanismo para patronearlas que conté con el calzado de G.


Cuando ves el resultado, no puedes menos que sentirte satisfecho. Aunque hay que reconocer que hay una palabra que no puedes evitar que acuda a tu mente: babuchas.


¿Habéis visto que cacharros tan majos he encontrado para dar forma a las punteras? No hay forma de encontrar hormas decentes en Madrid, pero esto puede servir para unas prisas.

PERO, aunque no haya fotos desde los ángulos correctos, los designios del destino no eran favorables a esta intentona. Por un lado, la puntera resultaba un pelín demasiado estrecha para meter bien el pie; y, por otro, como efecto secundario de esto mismo, quedaba demasiado tirante y doblaba la puntera hacia arriba. Entre esa forma, y cómo sobresalía el cuero de la pieza superior, era prácticamente imposible pegar el cuero de suela y que se mantuviera allí.

Para qué negar la evidencia, pensó este pobre pecador: mis esfuerzos están destinados al castigo del infierno; abandonemos ya la senda del error, antes de que haya más de lo que arrepentirnos. Así que la babucha fue a parar a la pila de los cacharros a medio hacer; y, en la plenitud de los tiempos, fue empleada para ilustrar las propiedades de los filos del cuchillo de Flagelum Dei.


Herejía 2: Volvamos al esquema Frankenstein

Vale, habrá que intentarlo otra vez con el calzado vuelto y los costurones. De la anterior experiencia, me quedó claro que un gran problema era la falta de cuero en la puntera, así que, para evitar ese problema, decidí intentar un diseño novedoso. No documentado. Hay que ser idiota, si no se usó nunca que supiéramos ¿será porque se han perdido todas las posibles muestras, o simplemente porque no funcionaba? Creo que la navaja de Ockham se inclina por la segunda respuesta.

Uno empieza montando el zapato con tela, hasta cortar un patrón adecuado.


Ya, ya lo sé, eso no se parece a un zapato. Y si ves todas las piezas cortadas en cuero, ya ni te cuento.


Pues sí. Otra vez a taladrar a media carne. Con un poco de práctica y de cuidado, uno se siente como un adicto a la heroína en proceso de desintoxicación: cada vez te pinchas menos, y todo parece ir mejor.


Sí, sí. Contemplad el principio del fin. Ese exótico patrón lleva a un zapato cerrado de una pieza, excepto por un triángulo en un lateral de la puntera; zona que esperaba que diera bastante juego como para corregir cualquier fallo en el patrón.

La pieza triangular en cuestión se cose a la suela...


...y, resumiendo, el invento de moja, se le da la vuelta, se corta lo que sobra de la pieza triangular, y se cose. Y oye, como que no quedan tan mal.


Hasta que uno se las prueba, y se da cuenta de que no ha calculado bien el corte de una de las botas. Que se ha quedado escaso, y que al ponerse las botas uno se siente como si se hubiera puesto dos botas del pie izquierdo.

En fin, qué os voy a contar: más frío, más rechinar de dientes, más penitenciagite, etc, etc. A la pila de los trastos.

Y ya apenas queda tiempo, no tengo bastante cuero fino para completar otros zapatos, ni apenas cuero de suela, y hay que hacer algo, pero ya. ¡Que salimos para Santes Creus en semana y poco!


Y volvemos al redil de la doctrina más pura

Bueno, si los experimentos innovadores han fracasado, tal vez sea el momento de recuperar la rectitud del dogma más conservador. Total, si ahora la vuelvo a cagar no me queda medio bien, maese Conde va a tener que acabar llevando un calzado ligeramente anacrónico.

Muy bien, completemos una nueva iteración en nuestra metodología de refinamiento progresivo. (En mi gremio, esa es la forma fina de decir "vamos a intentar no cometer el mismo error otra vez ¿vale?")

Arránquese la puntera de las babuchas, y úsese como base para un nuevo patrón de puntera, mucho más ancha (para que quepa bien la punta del pie) y mucho más corta (para que no quede torcida y sea medio manejable)



Para chulo, chulo, mi pirulo From lost to the river: ya que sólo nos queda un gordísimo y durísimo cuero para hacer los zapatos, bien podemos terminar de jugárnosla y coser también a media carne la puntera con el resto del zapato. Y oye, ¡cuánto más fácil es taladrar así la vaqueta que el cuero de suela, aunque sea mucho más fina!


Primer misterio: háganse las suelas ¿He dicho ya que me tocó preparar un nuevo par de suelas, taladradas a media carne? Pues sí, y a esas suelas habrá que coser estas punteras. Ya sabéis, todo del revés. Amén.


Segundo misterio: midiendo el resto.

Vale, no es un misterio tan misterioso, ¿no?

Tercer misterio: el patrón arcano

Algo realmente inescrutable: un rectángulo. Córtese un poco más largo de lo que has medido, no vaya a ser que te quedes escaso. Que para cortar un poco más, siempre hay tiempo.

Cuarto misterio: cosiendo la pieza trasera a la suela.


Quinto misterio: uniéndola a la puntera. Cortas lo que sobra del rectángulo, y lo taladras a media carne (esto no es tan fácil, con la pieza ya montada) No es mala idea dar unas cuantas puntadas de refuerzo en el centro y en los laterales, no vaya a ser que reviente la costura al darle la vuelta al zapato.


Sexto misterio: cortar lo que sobra del rectángulo de atrás, para que quede un corte recto en el empeine.


Y ahora viene lo divertido. Séptimo misterio. Porque el siete es un número mágico: siete son los sellos del apocalipsis, siete los reyes de Roma, ciudad fundada sobre siete colinas; siete los días de la semana, y siete los colores del arco iris.

Y siete veces maldecirás en voz alta cuando tengas que dar la vuelta al calzado.

Puedes empezar por dejarlo a remojo. Mucho. No, no, eso no es bastante: mucho más.

Luego, le das la vuelta.

Yo necesité de la ayuda de G.

Y un palo de escoba.

Y dos martillos.

Y toda mi (considerable) capacidad para la blasfemia.

Y le das la vuelta al zapato, como buenamente puedas. Nadie ha dicho que sea algo elegante. Ese goterón del suelo no es del agua de empapar el cuero. Es del sudor, que me chorreaba después de dar la vuelta a media bota.


Sobre todo, la puntera es bastante chunga de sacar.


Si tienes suerte, y nada se rompe, obtienes algo parecido a esto, y lo llamas éxito.


Y te quedas tan orgulloso de tu trabajo y de lo macho que eres. Claro, hasta que te pasas por la página del clan del cuervo, y entre Edu (que es un fantabuloso zapatero) y Paco (que parece que no le va a la zaga) te dejan en ridículo. Y no sólo eso, Paco te cuelga un vídeo en el que queda claro que, o el tío es el increible Hulk, o alguien te ha vendido madera en lugar de cuero de suela. Mirad y aprended. (se atasca justo al principio, dadle un pelín más alante, y listo)



Puero jurar que a mi me costó bastante más. El caso es que, una vez dados la vuelta, hay que dejarlos secar, preferiblemente con algo que les dé forma.


Una vez bien secos (fósiles y rígidos como si los hubiera moldeado en chapa de hierro, palabra) les pegas la plantilla para que las costuras no se claven. Bueno, o al menos, para que cuando se claven no lleguen al hueso. Colocas bien colocada la plantilla, levantas un pelín el talón, y a pegar con cola de contacto. Ya sabes, la aplicas sobre ambas superficies, y la dejas secar diez o quince minutos antes de unirlas y hacer presión.


Repites la jugada por el medio, y después por la puntera de la plantilla...


¡Y habemus zapatos!

Después de todo lo que le has hecho al cuero, estos zapatos son contundentes como bolas de cañón, y el cuero es tan flexible como una viga de roble. Échales grasa de caballo hasta aburrirte. Y, cuando te aburras, échales dos o tres capas más.


Yyyyyyyy... ¡Sí! ¡Aquí, a la izquierda, calzado con estas sólidas, rígidas e incómodas botas, maese Conde, el abanderado, secundado por Coalheart, servidor, y Arant!


¿Y qué más puedo decir, que no diga la última imagen?