jueves, abril 14, 2016

Arroyomolinos medieval 2016 - golpeando hierro cerca de casa.


- Oye, Axil, soy Juan, de Kerberos, nos conocimos en María de Huerva.

- Qué casualidad, hace sólo un par de días que revisé los correos en los que me ayudaste con el diseño de la trampilla de vaciado de carbonilla que quería para la fragua. Dime.

- ¿Te apetecería asistir a un evento en Madrid?

- Mira, pues, para variar, no estaría de más no tener que irme hasta donde Cristo perdió las llaves. ¿Cuál es la idea?

- Queríamos que vinieras de herrero.

- De herrero... pero... ¿qué habéis fumado? ¡Si vosotros trabajáis profesionalmente de herreros, y yo no tengo ni idea! ¿Para qué me vais a querer a mí de herrero?

- Es que nosotros tendremos que estar de aquí para allá todo el día, en un monton de temas y para lo que sea que surja. Además, sólo sería para hacer alguna cosita sencilla.

- ¡Y tan sencilla! ¡Como que yo no he estado en una fragua más de media docena de veces, y lo más que he hecho son un par de cuchillos feísimos! ¡Que de verdad que no tengo ni fuñetera idea!

- Que no te preocupes, si lo que más nos interesa es que sea un recreador el que esté allí. Ya, si eso, te explicamos cómo hacer alguna pieza molona. ¡Y además, no tienes que llevar ni yunque, ni fuelle, ni herramientas, lo llevamos todo nosotros!

Y así, poco más o menos, es como me liaron para estar de herrero en Arroyomolinos, un pueblo (o, más bien, pequeña ciudad) cercano a Madrid.


Así que para allá que fuimos el mismo sábado por la mañana. Ropa de civil básica, un mandil, unos guantes de trabajo, cubertería histórica, y poco más. 40 minutos de coche desde casa, y allí que estábamos puntualmente. Bueno, con puntualidad recreacionista, ya sabéis. Que, en esto de la recreación, los horarios son tan fiables como los de los conciertos de mis amigos los Insaciables: las primeras veces que llegas una hora y media tarde y no hay nadie, te preguntas si es que ya ha terminado. Y resulta que no, que lo que pasa es que todo el mundo está todavía en el bar de enfrente ultimando los detalles logísticos.

Y lo de la logística era algo importante. Porque esta gente se había planteadovbun desafío de narices: levantar un despliegue tremendo de arquitectura efímera para construir una plaza porticada en la que albergar los diferentes talleres artesanos que protagonizarían gran parte del evento. Y traérsela desde Asturias hasta Madrid y montarla. Si es que esto de la recreación, al final siempre se reduce a lo mismo: llevar pesos exagerados a distancias absurdas. Preferiblemente, cuesta arriba. Y bajo la lluvia.

Los soportales, además de una muy oportuna taberna, albergaron exhibiciones de diferentes oficios tradicionales, y lo cierto es que el nivel era brutal, absolutamente brutal. Fijaos, para empezar, en el torno que me gastaba uno de los carpinteros:



No creo que a estas alturas haya que explicar mucho cómo funciona ese torno. Con el pedal se acciona la tira de tela que va unida al huso del torno, y cuyo otro extremo está unido a una ¿rama? ¿arbolito? de madera muy flexible que hace de resorte, con lo que se consigue un movimiento de vaivén en los giros de la madera. Mola ¿eh?


¿He dicho carpinteros, así, en plural? ¡Sí, porque había más de uno!
 



Y hablando de tornos, qué decir del alfarero, que, aunque no vistió de época, llevaba un torno de pie y hacía algunas cosas maravillosas con una sencillez pasmosa.


Por no mencionar cómo lo flipaban los niños cuando el tío les ponía a hacerse unas piezas ellos mismos.

Pedazo fotaca, cortesía de A.L. en caralibro

Los niños también lo flipaban con los grabados en pizarra de mi amigo Román, que también les dejaba probar y les explicaba cómo hacerlo en casa. Eso sí, advirtiéndoles, para ojiplático espanto de sus progenitores, de lo muchísimo que manchaba y difícil que resultaba de limpiar el polvo de pizarra.



Y hasta su mujer estuvo trabajando con un telar de tablillas. Telar de veras; chulo, chulo; nada de atarse a un poste.


Por cierto, que el nazarí que está de espaldas en esa foto es mi amigo Josepe, cuyo currículum como recreador es absolutamente impresionante, pero en el que destaca una azaña de la que sólo unos pocos podemos presumir: él también sobrevivió a Peracense 2009.

Ahí al lado estaba la iluminadora...


... un oficio que requiere un pulso firme, una mano estable, una concentración imperturbable. Algo realmente difícil de mantener en un evento del SXV, en el que, en cuanto te descuidas, ¡Pum! ¡El estampido de la pólvora!

Evento del siglo XV. Al lado de una torre que está gritando SXV por los cuatro costados. ¿Mola, eh? (Esteeee... vamos a correr un tupido velo sobre las puertas correderas de acero que le han cantado a la torre y que, afortunadamente, no se ven en la foto)

Sí señor. Arcabuzazos por sorpresa. Con el mérito añadido de mantener la mecha encendida y de prender la pólvora bajo la muy intensa lluvia que nos cayó el domingo. Sí: otra vez. Nos llovió. De nuevo. Muy intensamente. Y ni por esas se espantaron los visitantes, eso también es verdad.

 Lógico que no se fueran, porque la exhibición de oficios era la caña. Que no, que aún no he terminado. Aún no he hablado, por ejemplo, de la joyera.




No, esa fragua de la imagen no es la de la herrería. Esa fragua, la pequeña del evento, es la de la joyería, y se utilizó para fundir la plata de un anillo elaborado allí mismo. Y por cierto, es genial ver trabajar no sólo con la fragua, sino con los yunques, martillos, tases... básicamente idénticos a los de herrero, pero en pequeñito. (Siempre me han encantado los tases de joyero, qué le voy a hacer)

Y llegamos al oficio que más me moló de todo el evento. Porque no es fácil de ver por ahí, porque el tío era un encanto, porque trabajaba con una habilidad tremenda, porque hacía cosas impresionantes, y sobre todo, porque es un oficio que siempre me ha llamado la atención y del que, como de las figurillas de Warhammer 40.000,  siempre me he querido mantener alejado, no vaya a ser que me enganche: la cantería. Se pasó todo el evento tallando piedra, y conjugaba la talla artística con la construcción de estructuras de piedra al más puro estilo del cantero medieval.



Para terminar... pues, efectivamente, ¡la herrería! ¿Sabéis qué gozada es tener a tu disposición semejante despliegue de material y herramientas sin haber tenido que cargarlo y descargarlo todo en el coche?


Un fuelle enorme (aunque tal vez no del todo estanco, eso sí), una fragua enorme, un yunque enorme, un pie de yunque enorm... no, bueno, ese era un poco pitufo para mí; tocones auxiliares varios, cubo de agua, una mordaza de cuña impresionante, montones de pinzas y martillos, carbón a mansalva, y hierraco de sobra que machacar. ¡Mola!


Al público le gustó, cada vez que se oían unos martillazos sobre el hierro acababa rodeado de gente. Hice un montón de puntas de flecha, le arreglé un par de herramientas a uno de los carpinteros, y hasta me atreví con un cuchillo sencillito con el mango salomónico, que siempre es algo espectacular de ver hacer.


¡Sí! ¡Afilado y todo allí mismo por mi ayudanta G.!


Hablando de ayudantes, aquello de estar cerca de Madrid facilitó que un montón de amigos que, habitualmente no podrían haberse pasado por uno de nuestros muy lejanos eventos, se dejaran caer por allí. Y eso incluyó a alguno que, a mediodía, aprovechando que apenas había gente, se lanzó a la aventura de llenar su ropa de los pequeños agujeros de las brasas voladoras. Aunque disfrutándolo inmensamente.


Pero no sólo de talleres viven los eventos medievales. También había un juglar, coantando y contando historias...


Un mendigo que no sé cómo aguantó todo el evento descalzo, incluso bajo la lluvia...



Un campamento, donde se realizaron diferentes actividades: algún vestir al caballero, exhibiciones de armas y armaduras...



Los más antiguos lectores del blog se acordarán de Recreoanacronista. Pués ahí está, sujetando una pistolita.

y hasta alguna que otra escaramuza.


Me temo que no tengo muchas más fotos del campamento, porque en realidad nos pasamos casi todo el tiempo en la zona de talleres y el campamento estaba un poco apartado. Sólo me di un par de paseos hasta allí, aunque uno de ellos fue particularmente intenso: notando cómo los gayumbos se me iban cayendo mientras caminaba, y sin poder sujetarlos por tener las manos ocupadas cargando una armadura.
 - Ya, los calzones históricos, ya se sabe.
- ¡Qué históricos, ni qué leches! Gayumbos modernos con la goma dada de sí, que cuando voy a estar en una fragua casi nunca me pongo los históricos. Precisamente, porque tienden a caerse en el momento menos pensado. Irónico ¿no?

Una vez contadas mis intimidades, terminamos mencionando el típico mercadillo (del que no tengo fotos y que prácticamente ni pisé) y que acabamos con mucho, mucho, pero que mucho tizne en la cara. ¡Y con la ducha de nuestra casa a menos de una hora en coche! ¡Qué maravilla!


Para la próxima entrada... prometo una sorpresa para los antiguos habituales de esta página. Y no digo más.



6 comentarios:

Recreoanacronista dijo...

Un placer verte por fin (!) de medieval...

Kru dijo...

Que facil te dejas convencer, con lo bonito que es cargar mucho el coche y viajar muchos kilometros para descargar cargado unas cuestas enormes con riesgo a mojarse en cualquier momento.

Ta chulo si lo se voy que me habian invitado pero me tocaba de currar.

Artaburu Jones dijo...

Me quedé con ganas de estár en la forja pero me pasó al reves que a ti, estuve todo el rato en el campamento y salí para comer y algun viaje puntual.

Luis Castro dijo...

Si no llega a ser porque tenía examen al lunes siguiente hubiese ido de cabeza. Pd: Metete al warhammer, que es superbarato y lo dejas cuando quieras.

Dark dijo...

^ Eso es tan mentira como que uno tampoco se engancha con los caballos enanos de colores pastel xD

Raisah dijo...

Y yo que me lo perdí al final, qué buena pinta!
Así da gusto ir a una feria medieval, ¡con cosas medievales de verdad! ;)