Spangenhelm 1.2 (2): Tormenta en tierras de Conca
Teníamos un trabajo sin terminar, y era necesario concluirlo.
Si algo habíamos aprendido en anteriores campañas, es que nuestras monturas resultaban inadecuadas. Por ello, nos habíamos hecho con una montura mucho más pesada, especialmente preparada para la tarea que afrontábamos.
Partimos sin miedo hacia nuestro destino: la encomienda templaria de Barberà de la Conca, pueblo que da su nombre a la comarca de La Conca de Barberà, comarca que da su nombre al pueblo de Barberà de la Conca, hacia cuya encomienda templaria nos dirigíamos.
Ya desde antes de atravesar Zaragoça avanzábamos precedidos por la más negra y ominosa de las tormentas. Las oscuras nubes eran rasgadas por un número inusitado de relámpagos, mientras nuestras mentes se llenaban de siniestros presagios.
Apenas pasada la hora de las brujas, llegamos a la posada en la que habíamos de reunirnos con nuestros aliados, al pie del monte donde aguardaba nuestro destino. Los capitanes nos dieron la bienvenida, y en tan sin par compañía nos recogimos en profunda reflexión y contrita oración.
Nos acompañaban los bestiales aullidos de sus temibles perros de guerra, que parecían anticipar lo que se avecinaba, y olfateaban la noche con expresión fiera; gruñendo salvajemente, ansiosos de morder y desgarrar con sus sanguinarios colmillos.
La noche fue febril. Apenas logramos dormir, y no paramos de dar vueltas, inquietos y cubiertos de sudor. Sin duda la culpa era de los nervios, de la tensión ante lo que nos esperaba; y, sobre todo, de las fundas de plástico de los colchones, que nos atenazaban con todo su impermeable y térmicamente aislante abrazo.
A la mañana siguiente, los augurios parecían haber cambiado. Se nos había unido una nutrida compañía de los más selectos espadachines que encontrarse puedan en estas tierras.
Junto a ellos, y ya completamente equipados, emprendimos la siempre dura subida hacia el castillo. Pocos podían imaginar los desafíos que allí nos aguardaban.
Tras la extenuante escalada, los oficiales de los espadachines no dudaron en arengarles, insuflando en sus corazones el ánimo necesario para afrontar la dura batalla.
Tras repartir las últimas instrucciones, comenzó la batalla frente a la encomienda. Al modo más caballeresco, tomó la forma de una serie de combates singulares, donde los más gallardos adalides se enzarzaron en una lucha épica.
Los aceros volaban, las chispas saltaban de las afiladas hojas, y, tras brutales intercambios de poderosos golpes, el vencedor, cubierto de sangre y sudor, arrancaba su arma de entre las vísceras de su inerte enemigo.
Mientras tanto, nosotros nos decantábamos por la sutileza; y, aprovechando la distracción de la batalla que se entablaba a los pies del muro, conseguimos infiltrarnos en la capilla inferior del edificio. Allí, logramos confundirnos con el personal del castillo; y, charlando tranquilamente con las mujeres que se dedicaban a la costura, nos preparamos para nuestro golpe maestro.
Incluso G se dedicó a distraer a los más inteligentes y avispados de los enemigos que podían obstaculizar nuestra misión, hasta el punto de llegar a convencerles para posar junto a ella en un retrato para la posteridad.

Ni un solo instante perdimos de vista el objetivo que nos guiaba, al cual iban dirigidos todos nuestros esfuerzos; y no permitimos que nada nos distrajera, tan sólo algunas mínimas concesiones para no revelar nuestra auténtica misión.
Cuando por fin desvelamos nuestro cometido ¡Cómo se hundía el hierro ante nosotros! ¡Cómo resonaban los golpes de metal contra metal! ¡Era como si las mismísimas campanas del infierno tañeran dentro de aquella capilla por las ánimas de los condenados! ¡Cómo chillaban las mujeres, presas del pánico, ante la perspectiva de soportar tan dantesca tortura durante todo el día!
Allí se vivieron algunos momentos realmente difíciles de soportar, e incluso algunos de los más poderosos y avezados guerreros presentes no podían menos que llevarse las manos a la cabeza y gritar de furia y desesperación ante tamaño horror.

Por supuesto, nada de aquello nos amilanó, y seguimos golpeando y aplastando, sintiendo cómo nuestra férrea determinación iba dominando uno a uno a nuestros enemigos. La larga práctica en el manejo de nuestros hierros nos permitió completar rápidamente la mayor parte de nuestra tarea, y, cuando al mediodía se nos llamó a reagruparnos, habíamos completado lo más duro del trabajo.

Aprovechamos aquella pausa en la vorágine en la que estábamos sumidos para engullir unas parcas viandas. Resultaba prácticamente imposible descansar, ya que la tensión de los acontecimientos nos mantenía a todos alerta y con los nervios a flor de piel.

Cuando reanudamos el combate, sabíamos que era hora de jugarse el todo por el todo. Sin dudarlo, decidimos emplear una táctica novedosa que nos llevara a la victoria.
Así que, en lugar de dispersar nuestras fuerzas en varias falanges independientes, decidimos formar un único frente compacto.

Este frente monolítico comenzó un hermoso movimiento envolvente, entablando batalla progresivamente con el enemigo, hasta tenerlo completamente rodeado por todos los frentes.

Al poco tiempo de entablar esta batalla, el enemigo ya se batía en retirada, y nuestra retaguardia avanzaba para exterminar cualquier posible resistencia, acuchillando a placer a los rezagados.
Tras aniquilar los últimos restos del enemigo, nuestras tropas dieron media vuelta, trayendo consigo un buen número de cautivos maniatados. Por fin podríamos olvidar las penurias y los momentos más duros de la jornada.
Tan sólo queda abandonar con orgullo el campo de la victoria, un momento brillante en nuestro recuerdo.

Algunos maledicientes, sin duda agentes a sueldo de nuestros enemigos, pudieron llegar a decir que nos excedimos, o que nos quedamos cortos en nuestra actuación. Sin embargo, yo opino que empleamos la fuerza en su justa medida, y que no sobró ni faltó un ápice de esfuerzo en nuestra tarea.

Tras esta dura batalla, parece que nuestro señor quedó satisfecho con nosotros, y, como buen nacido fijodalgo, tuvo a bien proclamar su contento con nuestra labor.

Y, aunque no nos movía el espíritu mercenario, la Orden del acero Negro quiso recompensarnos con ricos tesoros, y nos entregó una bolsa repleta de monedas, una riqueza digna de un Creso, más allá de nuestros más descabellados sueños.


¡Oh, el rico botín no terminó allí! Compartieron también con nosotros los más finos vinos de la comarca, pero, sobre todo, el honor que con más supremo orgullo nos marca, es que fuimos nombrados infanzones de la Orden. ¡Qué gran emoción recibir sus colores, que placer ser admitidos de forma tan destacada en tan grata compañía, qué orgullo poder asistirles en sus futuras cuitas si así fuera preciso!


Sin embargo, no todo fueron alegrías en este día de altibajos, de grandes victoria y penosos fracasos. Porque aún llena mi corazón el dolor del recuerdo de aquellos cuyos alegres cantos fueron silenciados por mi hierro.
Y no hay que olvidar tampoco los acontecimientos que siguieron.
Porque la tormenta que nos rondaba por fin descargó sobre nuestras cabezas, arruinando nuestros planes y dejando claro que los dioses no nos permitirían regodearnos en nuestra victoria. Hasta tal punto es así, que uno de nuestros principales capitanes fue hecho prisionero, y expuesto impúdicamente a las burlas, mofas y befas de los villanos. ¡Ah, qué triste espectáculo, ver cómo un caballero de valor es obligado a someterse a tal ignominia ante semejante populacho!
Afortunadamente, tras rescatar al rehén pudimos festejar nuestro triunfo con un pequeño banquete, eso si, generosamente regado con los más ricos caldos de la región, como alguno de los más trasnochadores de la soldadesca pudo asegurar a la mañana siguiente.

Nosotros, en cambio, nos vimos obligados a practicar la más frugal de las moderaciones; ya que aún nos aguardaban largas leguas de regreso a nuestro hogar, en el corazón de Castilla. Sin embargo, y aprovechando que estábamos a escasa distancia de un conocido destino de los más píos peregrinajes, no pudimos menos que desviarnos unas pocas millas de nuestro camino y presentar nuestros respetos ante la estatua de un gran señor, toda una leyenda; la efigie de un auténtico mito.







