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jueves, abril 14, 2016

Arroyomolinos medieval 2016 - golpeando hierro cerca de casa.


- Oye, Axil, soy Juan, de Kerberos, nos conocimos en María de Huerva.

- Qué casualidad, hace sólo un par de días que revisé los correos en los que me ayudaste con el diseño de la trampilla de vaciado de carbonilla que quería para la fragua. Dime.

- ¿Te apetecería asistir a un evento en Madrid?

- Mira, pues, para variar, no estaría de más no tener que irme hasta donde Cristo perdió las llaves. ¿Cuál es la idea?

- Queríamos que vinieras de herrero.

- De herrero... pero... ¿qué habéis fumado? ¡Si vosotros trabajáis profesionalmente de herreros, y yo no tengo ni idea! ¿Para qué me vais a querer a mí de herrero?

- Es que nosotros tendremos que estar de aquí para allá todo el día, en un monton de temas y para lo que sea que surja. Además, sólo sería para hacer alguna cosita sencilla.

- ¡Y tan sencilla! ¡Como que yo no he estado en una fragua más de media docena de veces, y lo más que he hecho son un par de cuchillos feísimos! ¡Que de verdad que no tengo ni fuñetera idea!

- Que no te preocupes, si lo que más nos interesa es que sea un recreador el que esté allí. Ya, si eso, te explicamos cómo hacer alguna pieza molona. ¡Y además, no tienes que llevar ni yunque, ni fuelle, ni herramientas, lo llevamos todo nosotros!

Y así, poco más o menos, es como me liaron para estar de herrero en Arroyomolinos, un pueblo (o, más bien, pequeña ciudad) cercano a Madrid.


Así que para allá que fuimos el mismo sábado por la mañana. Ropa de civil básica, un mandil, unos guantes de trabajo, cubertería histórica, y poco más. 40 minutos de coche desde casa, y allí que estábamos puntualmente. Bueno, con puntualidad recreacionista, ya sabéis. Que, en esto de la recreación, los horarios son tan fiables como los de los conciertos de mis amigos los Insaciables: las primeras veces que llegas una hora y media tarde y no hay nadie, te preguntas si es que ya ha terminado. Y resulta que no, que lo que pasa es que todo el mundo está todavía en el bar de enfrente ultimando los detalles logísticos.

Y lo de la logística era algo importante. Porque esta gente se había planteadovbun desafío de narices: levantar un despliegue tremendo de arquitectura efímera para construir una plaza porticada en la que albergar los diferentes talleres artesanos que protagonizarían gran parte del evento. Y traérsela desde Asturias hasta Madrid y montarla. Si es que esto de la recreación, al final siempre se reduce a lo mismo: llevar pesos exagerados a distancias absurdas. Preferiblemente, cuesta arriba. Y bajo la lluvia.

Los soportales, además de una muy oportuna taberna, albergaron exhibiciones de diferentes oficios tradicionales, y lo cierto es que el nivel era brutal, absolutamente brutal. Fijaos, para empezar, en el torno que me gastaba uno de los carpinteros:



No creo que a estas alturas haya que explicar mucho cómo funciona ese torno. Con el pedal se acciona la tira de tela que va unida al huso del torno, y cuyo otro extremo está unido a una ¿rama? ¿arbolito? de madera muy flexible que hace de resorte, con lo que se consigue un movimiento de vaivén en los giros de la madera. Mola ¿eh?


¿He dicho carpinteros, así, en plural? ¡Sí, porque había más de uno!
 



Y hablando de tornos, qué decir del alfarero, que, aunque no vistió de época, llevaba un torno de pie y hacía algunas cosas maravillosas con una sencillez pasmosa.


Por no mencionar cómo lo flipaban los niños cuando el tío les ponía a hacerse unas piezas ellos mismos.

Pedazo fotaca, cortesía de A.L. en caralibro

Los niños también lo flipaban con los grabados en pizarra de mi amigo Román, que también les dejaba probar y les explicaba cómo hacerlo en casa. Eso sí, advirtiéndoles, para ojiplático espanto de sus progenitores, de lo muchísimo que manchaba y difícil que resultaba de limpiar el polvo de pizarra.



Y hasta su mujer estuvo trabajando con un telar de tablillas. Telar de veras; chulo, chulo; nada de atarse a un poste.


Por cierto, que el nazarí que está de espaldas en esa foto es mi amigo Josepe, cuyo currículum como recreador es absolutamente impresionante, pero en el que destaca una azaña de la que sólo unos pocos podemos presumir: él también sobrevivió a Peracense 2009.

Ahí al lado estaba la iluminadora...


... un oficio que requiere un pulso firme, una mano estable, una concentración imperturbable. Algo realmente difícil de mantener en un evento del SXV, en el que, en cuanto te descuidas, ¡Pum! ¡El estampido de la pólvora!

Evento del siglo XV. Al lado de una torre que está gritando SXV por los cuatro costados. ¿Mola, eh? (Esteeee... vamos a correr un tupido velo sobre las puertas correderas de acero que le han cantado a la torre y que, afortunadamente, no se ven en la foto)

Sí señor. Arcabuzazos por sorpresa. Con el mérito añadido de mantener la mecha encendida y de prender la pólvora bajo la muy intensa lluvia que nos cayó el domingo. Sí: otra vez. Nos llovió. De nuevo. Muy intensamente. Y ni por esas se espantaron los visitantes, eso también es verdad.

 Lógico que no se fueran, porque la exhibición de oficios era la caña. Que no, que aún no he terminado. Aún no he hablado, por ejemplo, de la joyera.




No, esa fragua de la imagen no es la de la herrería. Esa fragua, la pequeña del evento, es la de la joyería, y se utilizó para fundir la plata de un anillo elaborado allí mismo. Y por cierto, es genial ver trabajar no sólo con la fragua, sino con los yunques, martillos, tases... básicamente idénticos a los de herrero, pero en pequeñito. (Siempre me han encantado los tases de joyero, qué le voy a hacer)

Y llegamos al oficio que más me moló de todo el evento. Porque no es fácil de ver por ahí, porque el tío era un encanto, porque trabajaba con una habilidad tremenda, porque hacía cosas impresionantes, y sobre todo, porque es un oficio que siempre me ha llamado la atención y del que, como de las figurillas de Warhammer 40.000,  siempre me he querido mantener alejado, no vaya a ser que me enganche: la cantería. Se pasó todo el evento tallando piedra, y conjugaba la talla artística con la construcción de estructuras de piedra al más puro estilo del cantero medieval.



Para terminar... pues, efectivamente, ¡la herrería! ¿Sabéis qué gozada es tener a tu disposición semejante despliegue de material y herramientas sin haber tenido que cargarlo y descargarlo todo en el coche?


Un fuelle enorme (aunque tal vez no del todo estanco, eso sí), una fragua enorme, un yunque enorme, un pie de yunque enorm... no, bueno, ese era un poco pitufo para mí; tocones auxiliares varios, cubo de agua, una mordaza de cuña impresionante, montones de pinzas y martillos, carbón a mansalva, y hierraco de sobra que machacar. ¡Mola!


Al público le gustó, cada vez que se oían unos martillazos sobre el hierro acababa rodeado de gente. Hice un montón de puntas de flecha, le arreglé un par de herramientas a uno de los carpinteros, y hasta me atreví con un cuchillo sencillito con el mango salomónico, que siempre es algo espectacular de ver hacer.


¡Sí! ¡Afilado y todo allí mismo por mi ayudanta G.!


Hablando de ayudantes, aquello de estar cerca de Madrid facilitó que un montón de amigos que, habitualmente no podrían haberse pasado por uno de nuestros muy lejanos eventos, se dejaran caer por allí. Y eso incluyó a alguno que, a mediodía, aprovechando que apenas había gente, se lanzó a la aventura de llenar su ropa de los pequeños agujeros de las brasas voladoras. Aunque disfrutándolo inmensamente.


Pero no sólo de talleres viven los eventos medievales. También había un juglar, coantando y contando historias...


Un mendigo que no sé cómo aguantó todo el evento descalzo, incluso bajo la lluvia...



Un campamento, donde se realizaron diferentes actividades: algún vestir al caballero, exhibiciones de armas y armaduras...



Los más antiguos lectores del blog se acordarán de Recreoanacronista. Pués ahí está, sujetando una pistolita.

y hasta alguna que otra escaramuza.


Me temo que no tengo muchas más fotos del campamento, porque en realidad nos pasamos casi todo el tiempo en la zona de talleres y el campamento estaba un poco apartado. Sólo me di un par de paseos hasta allí, aunque uno de ellos fue particularmente intenso: notando cómo los gayumbos se me iban cayendo mientras caminaba, y sin poder sujetarlos por tener las manos ocupadas cargando una armadura.
 - Ya, los calzones históricos, ya se sabe.
- ¡Qué históricos, ni qué leches! Gayumbos modernos con la goma dada de sí, que cuando voy a estar en una fragua casi nunca me pongo los históricos. Precisamente, porque tienden a caerse en el momento menos pensado. Irónico ¿no?

Una vez contadas mis intimidades, terminamos mencionando el típico mercadillo (del que no tengo fotos y que prácticamente ni pisé) y que acabamos con mucho, mucho, pero que mucho tizne en la cara. ¡Y con la ducha de nuestra casa a menos de una hora en coche! ¡Qué maravilla!


Para la próxima entrada... prometo una sorpresa para los antiguos habituales de esta página. Y no digo más.



domingo, mayo 20, 2012

Portillo 2012: Es una nube pasajera.

- Nah, tranquilo, sólo es una nube pasajera.
- Tenías que decirlo ¿verdad? Ya sabes lo que significa eso ¿no? Que ahora esa frase va a tener que ser el título de la entrada de mi blog, porque nos va a llover hasta que nos ahoguemos. Bocazas.

Ésta fue, poco más o menos, la conversación que tuve el viernes con mi amigo David, cuando nos pilló el primer chubasco en Portillo y todos nos refugiamos bajo arcos y toldos.


Y es que este año, de una fuñetera vez, pude por fin acercarme al evento que organizan en Portillo los castellanos Caballeros del Duero, donde nos reencontramos con el más puro y auténtico espíritu de la recreación. Es decir: nos hizo un tiempo de perros y nos llovió a cántaros. Otra vez.

Y mira que el castillo, del SXV, es muy, pero que muy bonito.


Los Caballeros del Duero lo habían preparado todo estupendamente para poder montar una fragua allí mismo, y la gente de, no sé muy bien si era la Asociación de Amigos de los Castillos, o de Patrimonio, se desvivieron ayudando a montarlo todo el mismo viernes (thanks!).


Lástima que, con la lluvia, el fuelle se pasara más tiempo envuelto en plástico y arpillera para protegerlo que funcionando. Creo que en total pude hacer... ¿cinco caldeos? del cuchillo que quería haber hecho allí.


Una auténtica pena, porque el evento prometía. Fantástica la nocturna búsqueda de la reliquia robada, con campestres emboscadas a la luz de las antorchas, y con alguno de los del Duero haciendo exhibición de sangre felina a la hora de bajar por las cuestas.


 Y fantástico incluir conferencias divulgativas en el evento, y fantásticas las expectativas... aunque pasadas por agua.


Del evento sacamos algunos ratos muy divertidos, y algunas conversaciones estupendas con gente de diferentes grupos: los mismos Caballeros del Duero, la mallorquina Compañía del Podenco Blanco, que tiene algunos interesantísimos planes para el futuro, Conca, Cámara, y algunos más que me estoy pasando por alto seguro...


...pero, desgraciadamente, a media tarde del sábado estábamos ya un poco hasta las narices, entre una creciente pachuchez, y una acumulada frustración con la adversa climatología que últimamente no parece perdonarnos ni un solo evento. Al final, decidimos tomar las de Villadiego y volvernos a Madrid el mismo sábado (el evento acababa el domingo) antes de mojarnos más.


Así que vaya desde aquí mi agradecimiento a los Caballeros del Duero por la invitación, por el más que considerable apoyo logístico para montar la fragua, y, sobre todo, por su soberbia hospitalidad. Y, también, mis más sentidas disculpas por irnos de allí de forma tan  apresurada y sin despedirnos de casi nadie (cuando tomamos la decisión de irnos, era ya algo tarde, y aún nos quedaban bastantes kilómetros hasta llegar a casa).

Creo que, para el próximo evento, voy a dejarme de SXIII y me voy a pasar directamente a la recreación bíblica.





jueves, enero 13, 2011

Haciendo cuchillos (1): A golpes con la hoja.

Vaaaale, vale. Ya está bien de hablar de la forja en vacío; así que vamos a ponernos serios y a explicar cómo hacer un cuchillo.

Hay dos formas de dar forma a la hoja de un cuchillo: por desbaste, o por forja.

Por desbaste es la forma más sencilla y directa: partes de una pletina de acero, y la cortas con la forma que vaya a tener el cuchillo. Y luego, a golpe de amoladora, le haces el vaciado.


Si has seguido un poco este blog, ya te habrás dado cuenta de que esas no son mis herramientas, ni mi lugar de trabajo habitual. ¡Premio! Eso es porque esa foto tampoco es mía, sino del magnífico tutorial que encontré aquí. Y, dado que nunca he hecho una hoja por desbaste, poco más voy a añadir.

Y el otro método es por forja. Es decir, pones el acero al rojo, y te lías a martillazos con él, hasta que sale un cuchillo. Hay discusiones sobre los beneficios más o menos perceptibles de este método respecto al desbaste, como aquí o aquí. Pero una cosa, sin duda, hay que concedérsela: mola mucho más, dónde va usted a parar.

Para hacer un cuchillo por forja puedes partir también de una pletina y ahorrarte un montón de trabajo, pero eso sería demasiado fácil ¿no? Si nos vamos a poner chulos, ya podemos hacer el cafre del todo y partir de una varilla sólida, que te va a dar lo mismo que sea redonda o cuadrada.

Y tampoco te creas que la varilla tiene que ser demasiado gruesa: te sorprendería lo que se estira el metal bajo el martillo. Las varillas que puedes obtener de los amortiguadores como el que enseñaba aquí son más que suficientes.

Hay dos escuelas: empezar forjando la hoja, o empezar forjando la espiga. A mí, en mi inexperiencia, me parece que es más fácil empezar por la hoja, aunque sólo sea porque es más sencillo sujetar la varilla a lo largo de todo el proceso.

Y es que, si la varilla es lo bastante larga, puedes sujetarla directamente (¡con un guante gordísimo de los de soldar con oxiacetileno, no con los finos que se suelen usar con la soldadura de arco!) y es más manejable.


Comenzamos caldeando bien caldeado el extremo de la varilla, y sacándole punta.

- ¿Ein? ¿Se refiere usted a ...?


No, hombre, no. Me refiero a darle de martillazos. Apoyas la punta de la varilla en ángulo sobre el borde del yunque (para que el yunque no moleste al golpear) y le das forma de pirámide cuadrangular.

- ¿Mande?

Que le das así:

Y vas girando la varilla 90 grados y la sigues golpeando, hasta que el extremo queda... pues, más o menos, como una de éstas.

Y después continúas aplanando la varilla hasta que la hoja del cuchillo va teniendo la forma deseada. Así (con el cuchillo visto en sección, no te vuelvas loco. El filo estaría a la derecha y el lomo a la izquierda):

Sí, lo sé. La hoja de un cuchillo tiene los lados paralelos, y luego sólo lleva un bisel que la va afinando hacia el filo. Pues no. En el SXIII no es [necesariamente] así, y toda la hoja puede estar biselada.

Mientras vas aplanando y dando forma a la hoja te van a pasar dos cosas feas: que se va a doblar hacia los lados, y que se va a curvar hacia atrás. Ambas cosas pueden corregirse a martillazos, así que tranquilo (no te cortes de meterle martillazos en el canto, no pasa nada) Y, si se curva demasiado hacia atrás, siempre puedes repasar la forma más tarde a golpe de radial.

Es importante que no te pases afinando la hoja, por dos motivos. Para empezar, el acabado a martillo es extremadamente rugoso e irregular, y por muy tosco brut de forge que lo quieras dejar, te va a hacer falta hacerle un mínimo desbastado y vaciado posterior; desbastado que va a adelgazar la hoja más de lo que imaginas.

El segundo motivo es más esotérico: si afinas demasiado el filo, ese acero, al rojo, descarburizará mucho más de la cuenta.

- ¿Ein?

Perderá demasiado carbono.

- Ah, vale... Esteeee... ¿Ein?

Que el acero se convertirá en un hierraco mucho más pobre, y perderá su dureza. Y, del filo, lo que tú quieres es que sea duro.

Así que la zona del filo debes dejarla un poco gruesa (he leído que entre 1 y 3mm... no tengo datos para ser más preciso) y afinarla más tarde.


Y a por el mango.

Un cuchillo moderno, casi siempre va a ser enterizo: la hoja se prolonga en un cuerpo plano a cuyos lados van sujetas las cachas que forman el mango. Vamos, como el que se curra aquí el figura (no os perdáis estos vídeos).

Un cuchillo medieval, en cambio, va a ser con casi total seguridad de espiga oculta. Así que nos toca sacar la espiga.

La espiga va a ser cuadrada y alargada, y para eso el truco es... darle muchos martillazos a la varilla, hasta que va quedando del grosor deseado.

Magnífica foto (cortesía de Yusuf) de Harald sacando una espiga. Sí, en este caso, empezó el cuchillo por ahí.

¿Y cómo se hace el punto de unión de la espiga con la hoja? Pues con buen pulso, y a martillazos en el borde del yunque. Utilizar la parte trasera de un martillo de peña puede ayudarte a mejorar la precisión y fuerza de los golpes.

- Vale, ya está; tengo la espiga del largo que yo quería, pero sigue de una sola pieza con la varilla original. ¿Cómo lo corto? ¿Con la radial?

Pues es una alternativa, pero mola mucho más hacerlo al rojo, con una tajadera. ¿Cómo que no sabes lo que es eso? Es una pieza en forma de cuña afilada que encaja en el hueco cuadrado que tiene el yunque. Apoyas encima la varilla al rojo, le metes un par de mazazos desde arriba, y cortas el metal fácilmente (¡Ojo! ¡Que, si no tienes ayudante, un trozo de metal al rojo se va a caer rebotando al suelo!)

Claro que, en caso de necesidad... también puedes usar un cincel.

Esto ya va pareciendo una hoja de cuchillo, así que a la parte mágica: templar y revenir.

Lo primero va a ser darle un normalizado a toda la pieza: la subes a temperatura de temple, y la dejas enfriar poco a poco, al aire, o, incluso mejor, entre los carbones de la fragua apagándose. De esa forma aliviarás tensiones del metal, y, en gran medida, evitarás que se doble al templarla.

- ¿¿Que se doble al templarla?? ¡Eso sería un desastre!

Pues sí, sobre todo si la hoja es grande, puede pasar. Pero, como dice el maestro Leonardo Daneluz: si no te gusta enderezar espadas, es que no te gusta fabricar espadas. Que no cunda el pánico, si lo has normalizado, no es normal que un cuchillo se doble. Y si se dobla, tampoco pasa nada: lo enderezas a temperatura de revenido (no te pases), y listo.

Del templado y el revenido ya hablamos aquí, así que no insistiré. Sólo un detalle: no temples la espiga, que cuanto más normalizada quede, mejor.

Y ánimo, que ya casi estamos, ya sólo nos queda el lijado y pulido. ¡Cuidado! Si calientas demasiado la hoja, te cargarás el temple: asegúrate de mantenerla siempre mojada y de no demorarte demasiado con la lijadora. Mucho cuidado sobre todo con el filo y la punta, que, al ser más finos, se calentarán antes, y es precisamente donde no quieres perder nada de temple.

Lo primero es darle la forma correcta al perfil de la hoja (fíjate en la pinta tan espantosa que tiene esa punta recién salida de la forja, y en lo irregular que es el filo)



Y a bajar los filos, con cuidado y calma. Puedes usar una lijadora de bandas, o un disco de lija para la radial como el que se ve al fondo de la siguiente imagen. ¡Ojo con no calentar la hoja!


Se nota la diferencia ¿eh? Terminas de pulir la hoja hasta el acabado que quieras, y ya sólo te quedará afilarla por el método que más rabia te dé. Y después...

...después te esperas a la siguiente entrada, que ya está bien de escribir.


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Desclamador:

Todo lo arriba expuesto que sea correcto me lo han enseñado Germán, Harald o Ferro i Foc. Lo que esté mal, es cosa mía.

jueves, diciembre 16, 2010

Portalrubio 2010: ¡Jozú qué frío!

Tal vez debería plantearme mudarme de una vez por todas a Teruel. Al fin y al cabo, parece que voy allí más que a la peluquería.

Aunque también es verdad que no piso una peluquería desde principios de los 90... Pero el caso es que vamos mucho por Teruel. Y que a G. le encanta. ¡Si hasta se mimetiza con los nativos!

G. se llevó ese gorrito aposta para esta foto, sabiendo que "el Torico" iba a ser "el Arbolico"

Este año, la asociación Horno de Portalrubio volvió a convocarnos a su fiesta anual, tal como tuvo a bien hacer el año pasado.

Claro que este año el tiempo estuvo algo revuelto, y fue bastante menos gente que el pasado. Supongo que todos conocéis el dicho (que yo he oído aplicado a varias localidades) de "En Ávila sólo hay dos estaciones: el invierno, y la del tren". Vale, pues en Portalrubio no hay estación de tren.

Recorriendo las calles del pueblo en busca de cobertura. Inmediatamente después de esta foto, noté una súbita falta de adherencia, seguida de una fuerte aceleración descendente, a su vez continuada por una brusca desaceleración. Vamos, que resbalé en el hielo y me metí una buena culada.


Pero el tiempo no nos desanimó, y allí que nos presentamos los tres como campeones.

- ¿Los tres?

Sí, claro. G., yo mismo ¡y Paquitín!

¡Sonreíd los tres!

Maldita la hora en la que se me ocurrió llevar a Paquitín. ¿Sabéis lo que pesa, lo que abulta, y lo incómodo que es ponerle y quitarle la malla?

Así que después de quitar las telarañas a la herrería, nos pusimos a montar el chiringuito. Afianzamos un poco mejor el yunque (aunque medí fatal y nos quedó muy, muy bajo), retiramos el viejo fuelle, y colocamos el mío en su lugar.

Lo de encender el carbón con un soplete me lo enseñó mi amigo de Ferro i Foc. No pienso volver a encender una barbacoa con papel, astillas o piñas en la vida.

Sobre el viejo fuelle... con un poco de suerte lo restaurarán en breve. Eso espero, porque sería una pena no poner en orden de marcha ese cacharro, con lo que se han currado el resto de la herrería (tendríais que ver las fotos de cómo estaba antes de restaurarla)


Lástima que se me olvidó sacar una foto de la tobera, que es un monstruo de hierro de mucho cuidado. Aunque sin ella, ya pesa lo suyo el cacharro, no os creáis.


Y allí que echamos el día a nuestro rollo. G. estuvo con sus zapatos...

No, no es que haga zapatos a docenas. Está terminando el mismo par que empezó el año pasado.

...y yo me dediqué a la forja.

Por mi zona es casi imposible encontrar un acero decente para cuchillería, así que la alternativa habitual es tirar de ballestas o muelles de amortiguación. Pero, eso sí, los muelles cuesta una jartá enderezarlos.

Aunque bueno, eso de que me dediqué a la forja... lo cierto es que no salió de aquello ninguna pieza utilizable (bueno, miento: pude enderezar con éxito un cuchillo que estuve haciendo con Ferro i Foc, y que se me dobló más tarde al templarlo). Las causas del fracaso fueron variadas:

1.- Un carbón vegetal que parecía (y ardía) como si fuera piedra pómez pintada de negro.
2.- Otro carbón vegetal que parecía (y ardía) como si fuera madera de pino.
3.- Un carbón mineral que tenía buena pinta, pero que apenas ardía, y, en lugar de ceniza, dejaba piedras.
4.- Una mala relación de altura entre el fuelle y la fragua, por el que el aire soplaba por encima del carbón.
5.- Inadecuada altura de la chimenea, que impedía trabajar a gusto.
6.- Absoluta torpeza y completa inexperiencia del forjador.

De las seis razones, las primeras cinco suman aproximadamente el 2% de la culpa. Y, eso sí, tampoco me vendría mal hacerme [con] unas pinzas con boca redonda.

En todo caso, en la forja fuimos unos privilegiados, ahí al calorcito. Porque los de los puestos callejeros tuvieron que acabar más bien frescos.

Seguramente un mercadillo medieval real se parecía más a esto que a lo que solemos ver en ciudades grandes.

Con fragua y todo, según avanzó la tarde, la cosa fue refrescando bastante; y hasta dentro de la herrería había que buscar calorcito donde se pudiera.

Al calor del ¿¿foco halógeno??

Lo importante es que la gente se lo pasó bien, sobre todo el grupo de niños un tanto silvestres encantadores que estuvieron por allí trasteando con los hierros.

Lo bueno de un greathelm para un niño es que, como le apoya en los hombros, no le aplasta las cervicales.

- ¿Y ya está? ¿No va a contar nada más sobre la forja?


Pues mira, sí. Voy a contar que ahora tienes la oportunidad de comprar este librito:

Sí, sí, lo has visto bien. Un libro de introducción a la forja, de mano del mismísimo Germán Gregorio. Más detalles al respecto (y dónde adquirirlo) aquí.