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martes, agosto 28, 2012

Cuchillos modernos, reciclado, y un poco de cara.

La entrada de hoy no está aquí, sino en el blog de al lado.



Un cuchillo que no sé muy bien si es de monte o para cortar cebollas, hecho casi íntegramente con materiales gorroneados a los amigos. Ese arte que los artesanos amateur solemos perfeccionar hasta rozar lo sublime (me refiero, claro, a gorronear materiales, no a la cuchillería)

martes, julio 26, 2011

Haciendo cuchillos (3): El cuchillo brocheta.

A ver, pongámonos serios. Que ya está bien, hombre. Que llevo casi un año con mogollón de hojas de cuchillo forjadas, y demasiado vago como para ponerme a encabarlas de una vez.

Desde mi anterior intento de encabar un cuchillo de espiga he aprendido un par de cosillas, básicamente del librito de César Bozal, y de los consejos que me dieron Germán "Azote" y Meleagant en la feria de cuchillería artesana en la que coincidimos. Y, por supuesto, de los errores cometidos.

La primera cagad metedura de pata a corregir es haber dejado la espiga demasiado gruesa: te obliga a taladrar el mango más de la cuenta. Y, por supuesto, cuando te pones a remachar acero al carbono... palabrita que quieres que sea tan fino como sea posible.


Hoja bien sujeta, disco de desbastar... ¿qué puede fallar? Quiero decir, además de haber quemado la mesa por lo mucho que se calienta la espiga en el proceso, claro.

La segunda cagad, digoooo... metedura de pata, fue dejar mucha separación entre el cabo y los hombros de la hoja. Para evitarlo, lo primero es dejar una forma un poco menos curvilínea en la zona en la que la hoja se convierte en espiga. ¡Pero ojo, no lo hagas demasiado en ángulo recto, que luego puede ser fácil que se parta!

¡Eh! ¿Has visto ese dibujo del mango? ¡Tengo un plan!

Mi plan incluye unas cuantas chapitas de latón, y unos trozos de madera de membrillo.

A ver, membrillo... pues porque Harald, que es el que me consiguió la madera, dice que es membrillo. Así, a primera vista, yo diría que es madera de... madera. El ligera, tirando a blanda al trabajarla, pero de grano muy cerrado que se deja pulir estupendamente.

La planchuela de latón que va junto a la hoja tiene que encajar lo mejor posible, así que te toda lucirte con el detalle.

Taladro, sierra de calar manejada con cariño, y limas de cola de ratón. El latón es de lo más agradecido cuando manejas una lima de acero, así que disfrútalo.

El ajuste fino lo puedes hacer poniendo la chapa de latón al rojo, y, ayudándote de un tubo, golpearla contra la hoja para que pille bien la última forma.

Al rojo, al rojo... a ver, tú calienta bien el latón con el soplete. El equivalente latoniano de "al rojo" es más bien blancuzco.

Habrás visto que aquí falta mucho material para completar el mango. Y que en el dibujo que sale de fondo en algunas fotos hay muchas rayas en el cabo. Y qué demonios, esta entrada se llama "El cuchillo brocheta", ¿Qué rayos puede significar ese título tan absurdo?

Pues significa que, como me sobra un montón de cuero de suela con el que no sé qué hacer queda divinamente, voy a encabar este cuchillo con un montón de rodajitas de cuero.

Sí, yo también hecho en falta el pollo, el cerdo adobado, el pimiento, y un poco de cebolla. Vaya, ahora me está entrando hambre.

Nada de salsa barbacoa: esta brocheta se aliña con pegamento epoxídico. Generosamente distribuido, y que rellene bien el hueco de la espiga.

Déjese macerar 24 horas, hasta que esté en su punto.

¡Paciencia! Espera a que el pegamento esté bien seco antes de cortar y remachar lo que sobre de la espiga.

Esteeee... no, no todo es tan bonito. En el proceso de remachar vas a marcar el latón a martillazos. Te toca lijarlo y pulirlo después.

Y ya te puedes poner a lijar...

Empiezas con un perfil más o menos cuadrado.

Y a lijar...

Aquí te puedes ir olvidando de la herramienta mecánica y empezar a echar generosas cantidades de aceite de codo.

Y vas usando grano más y más fino, hasta dejarlo bien pulido.

Muuuucho aceite de codo.

Probé a darle el acabado final a base de grasa de caballo, pero no terminó de gustarme cómo quedaba el cuero. El siguiente paso, en plan prueba y error, fue el aceite de oliva. Pero sin medias tintas: un par de días sumergido.


Si el aceite no fuera usado, el cuchillo no olería a fritanga.

Lo sacas, lo escurres, lo limpias... y oye, como que no ha quedado feo del todo.

Sí, se tira pringoso de aceite un buen rato hasta que termina de escurrir.

Vale, este mango no es demasiado histórico. No por su construcción brochetil, que sí que es correcta, sino por su forma tan anatómica y moderna (eso sí, cómodo de empuñar, lo es un rato). Así que vamos a equilibrarlo un poco con la vaina.

Diseños románicos para la vaina, que además tendrá una forma un tanto SXI nórdico. Sí, ya lo sé, pero no me pude resistir. Molaba, qué le vamos a hacer.

Cuero grueso, sin teñir (ejem... sí, el mismo cuero de suela. Es que tengo mucho). Y grabado a las bravas, buril en cuña y maza para que el relieve quede bien profundo.

Primero humedeces el cuero y le das forma alrededor del cuchillo (bien protegido por plástico transparente de cocina, que si no se oxida) Una vez seco, humedeces un poco, abres por los cantos ¡y a grabar!

Esta forma de grabar el cuero me ha gustado, aunque aún me falta mucha práctica para llegar a pillarle el tranquillo. Eso sí, el relieve es tremendo. Y, cuando cierras y coses la vaina, y le das una pasadita de betún de Judea...

Pschés... tiene un apaño.

Lo he afilado, y me ha costado lo mío, así que supongo que el acero ha quedado bastante durito. Ahora ¡a estrenarlo en Peracense!

sábado, marzo 05, 2011

Haciendo cuchillos (2): Esto no hay por dónde agarrarlo.

Decíamos ayer...

Ya tenemos un cuchillo, forjado con sudor y golpes en el intenso calor de las llamas de la fragua. Espera ¿un cuchillo? No, más bien un cacho de acero pelao. A esto hay que hacerle un mango.

Partimos de la hoja del cuchillo, bien revenida. ¿Ya te he dicho que el revenido se puede hacer en un horno doméstico, puesto a tope, durante una horita?



El mango estándar de un cuchillo está hecho a partir de un tocho de madera, preferiblemente dura. Si usas una madera blanda y llena de hebras (tipo pino) el mango será... una desgracia, un asco, una basura, un desastre. Madera dura. ¿Entendido?


Encabar el cuchillo parece fácil ¿verdad? Taladras el tocho de madera de lado a lado y encajas la espiga, bien embadurnada de pegamento. Fácil...

...a menos, claro, que te pase como a mí, y tengas esta aparente incapacidad genética para taladrar en línea recta un tochillo de madera. Y no será porque no desplegué medios.



Prefiero no confesar la cantidad de madera que me he cargado intentando taladrarla de lado a lado. De alguna forma inexplicable, siempre se me acaba saliendo la broca por un costado. O, si sale por el extremo adecuado, lo hace tan pegada al costado, que no queda suficiente madera para darle una forma decente al mango. Tal vez lo suyo sea dejar de utilizar brocas para madera, y emplear brocas para metal, bastante más rígidas. Pero eso no lo puedo atestiguar, porque yo opté por el otro camino: cortar en rodajas más finas, y así tener menos distancia que taladrar.


Sí, ya lo sé, piensas que va a quedar una chapuza y que las piezas jamás encajarán entre sí. Tranquilo.

Lo primero es hacer un taladro básico en las piezas, al que luego ya podrás ir dando una forma más cuadrada y ajustada a la espiga a base de lima.


Y como somos tíos elegantes (y que además sabemos lo que pasa cuando remachas directamente sobre madera), los extremos del mango los vamos a hacer de latón. Encontré planchas de latón de 2mm en esta tienda, que también tiene maderas curiosísimas.


Eeeeeh... sí, debería haber desbastado antes la espiga para no tener que hacer un agujero tan gordo.

Ya, ya sé lo que estás pensando... que esto sí que no encajará bien con la madera ni de casualidad. Está bien, te contaré el truco: separadores de cuero. Sí, sí, cuero grueso, tipo cuero de suela, sin teñir. Un separador entre cada dos piezas que formen el mango.



Así que lo montamos todo junto, y... ¡tachán! ¡Tenemos el mango del cuchillo!


- Ejem... Ha quedado algo... rústico ¿no?


Bueeeno, vale, puede que haya que refinarlo un poco. Lo primero, vamos a asegurarnos de que nada se mueve, y para eso vamos a encolarlo todo bien encolado con cola fabricada a partir de los huesos y pellejos de animales que tú mismo hayas cazado con tus propias man...

Vale, vamos a usar pegamento epoxi; que rellena bien los huecos, seca rápido, y es duro de narices. No pongas esa cara, sí que sabes lo que es, es ese pegamento que viene en dos tubos distintos para mezclar los dos componentes antes de aplicarlo.


Aplicas abundante pegamento en todas las superficies, y rellenando bien los huecos de la espiga. Y, para que quede todo bien apretado, le das unos golpecitos de martillo, utilizando una madera para no marcar el latón. Por cierto, es buena idea limpiar ahora el pegamento que queda en las superficies de latón y acero, que una vez seco cuesta bastante más quitarlo. Doy fe.

Habrás visto que ha quedado un montón de espiga por fuera. Una vez seco el pegamento, puedes cortarla hasta que quede lo justito, justito, para remacharla. O incluso cortarla a ras, que parece que también es perfectamente histórico, aunque sujete menos.


Valora las ventajas de cortar a ras y no remachar, que, aunque hayas tenido cuidado de haber dejado la espiga bien normalizada, el acero es el acero, y cuesta una barbaridad remacharlo. Claro, que si a mí también se me hubiera ocurrido desbastar antes la espiga para que el extremo quedara redondito y muuucho más fino, otro gallo me hubiera cantado.

Una vez remachado y, ejem, lijada y pulida la superficie de latón para eliminar las marcas de los martillazos fallidos, ya es hora de darle forma al mango. Una buena lima, aceite de codo, y a darle caña. Y, cuando te des cuenta de lo cansado que es, le das con la lijadora.


Así le vas dando al mango la forma deseada, en mi caso, un típico mango más bien cilíndrico y un tanto mazacote de muchos cuchillos de la plena edad media.

Una vez tienes la forma ya bien conseguida, tienes que dejar una superficie bien lisita y torneada, y eso tiene un truco: sujetas una banda de lija por los extremos, y vas frotando con ella el mango, por todos los ángulos, hasta que queda liso del todo.


Esto lo repites con grano cada vez más fino, hasta que al final dejas el mango perfectamente pulido... espera ¿perfectamente pulido, con ese acabado de hoja? Na, casi que podemos dejarlo un pelín rústico.


Eso sí, lo que no podemos perdonar, es una buena aplicación de aceite de linaza, que va a dejar el mango mucho, pero que mucho más mono. Ahora sí: ¡Tacháaaaan!


- ¡Eh! ¿Esos dibujitos del fondo, no son...?

¡Hombre, claro! No vamos a hacer un cuchillo como éste, y a no fabricarle una vaina un poco histórica. En concreto, me basé en una del SXIV sacada del libro de siempre. Qué os voy a decir a estas alturas de cómo grabar y coser una vaina, ¿no?

(Bueno, sí. He aprendido que si el patrón de papel lo pegas a un trozo de plástico adhesivo transparente, no se desintegra tanto con el cuero mojado)


- ¡Oh, Axil, eres un genio! ¿Cómo sabías cómo encabar un cuchillo de esa forma?

Te diré mi secreto: espionaje industrial. Este verano estuve visitando a Ferro i Foc, y presté muchíiiiisima atención a sus consejos. Y, por supuesto, están los consejos y este vídeo que me mandó Messer:


Que por cierto, el mismo Messer me mandó otro vídeo sobre cómo ajustar a la perfección la espiga, método que tengo que probar algún día. En un entorno poco combustible, a ser posible.


Y con esto, hemos terminado con el encabado de cuchillos. O no...

jueves, enero 13, 2011

Haciendo cuchillos (1): A golpes con la hoja.

Vaaaale, vale. Ya está bien de hablar de la forja en vacío; así que vamos a ponernos serios y a explicar cómo hacer un cuchillo.

Hay dos formas de dar forma a la hoja de un cuchillo: por desbaste, o por forja.

Por desbaste es la forma más sencilla y directa: partes de una pletina de acero, y la cortas con la forma que vaya a tener el cuchillo. Y luego, a golpe de amoladora, le haces el vaciado.


Si has seguido un poco este blog, ya te habrás dado cuenta de que esas no son mis herramientas, ni mi lugar de trabajo habitual. ¡Premio! Eso es porque esa foto tampoco es mía, sino del magnífico tutorial que encontré aquí. Y, dado que nunca he hecho una hoja por desbaste, poco más voy a añadir.

Y el otro método es por forja. Es decir, pones el acero al rojo, y te lías a martillazos con él, hasta que sale un cuchillo. Hay discusiones sobre los beneficios más o menos perceptibles de este método respecto al desbaste, como aquí o aquí. Pero una cosa, sin duda, hay que concedérsela: mola mucho más, dónde va usted a parar.

Para hacer un cuchillo por forja puedes partir también de una pletina y ahorrarte un montón de trabajo, pero eso sería demasiado fácil ¿no? Si nos vamos a poner chulos, ya podemos hacer el cafre del todo y partir de una varilla sólida, que te va a dar lo mismo que sea redonda o cuadrada.

Y tampoco te creas que la varilla tiene que ser demasiado gruesa: te sorprendería lo que se estira el metal bajo el martillo. Las varillas que puedes obtener de los amortiguadores como el que enseñaba aquí son más que suficientes.

Hay dos escuelas: empezar forjando la hoja, o empezar forjando la espiga. A mí, en mi inexperiencia, me parece que es más fácil empezar por la hoja, aunque sólo sea porque es más sencillo sujetar la varilla a lo largo de todo el proceso.

Y es que, si la varilla es lo bastante larga, puedes sujetarla directamente (¡con un guante gordísimo de los de soldar con oxiacetileno, no con los finos que se suelen usar con la soldadura de arco!) y es más manejable.


Comenzamos caldeando bien caldeado el extremo de la varilla, y sacándole punta.

- ¿Ein? ¿Se refiere usted a ...?


No, hombre, no. Me refiero a darle de martillazos. Apoyas la punta de la varilla en ángulo sobre el borde del yunque (para que el yunque no moleste al golpear) y le das forma de pirámide cuadrangular.

- ¿Mande?

Que le das así:

Y vas girando la varilla 90 grados y la sigues golpeando, hasta que el extremo queda... pues, más o menos, como una de éstas.

Y después continúas aplanando la varilla hasta que la hoja del cuchillo va teniendo la forma deseada. Así (con el cuchillo visto en sección, no te vuelvas loco. El filo estaría a la derecha y el lomo a la izquierda):

Sí, lo sé. La hoja de un cuchillo tiene los lados paralelos, y luego sólo lleva un bisel que la va afinando hacia el filo. Pues no. En el SXIII no es [necesariamente] así, y toda la hoja puede estar biselada.

Mientras vas aplanando y dando forma a la hoja te van a pasar dos cosas feas: que se va a doblar hacia los lados, y que se va a curvar hacia atrás. Ambas cosas pueden corregirse a martillazos, así que tranquilo (no te cortes de meterle martillazos en el canto, no pasa nada) Y, si se curva demasiado hacia atrás, siempre puedes repasar la forma más tarde a golpe de radial.

Es importante que no te pases afinando la hoja, por dos motivos. Para empezar, el acabado a martillo es extremadamente rugoso e irregular, y por muy tosco brut de forge que lo quieras dejar, te va a hacer falta hacerle un mínimo desbastado y vaciado posterior; desbastado que va a adelgazar la hoja más de lo que imaginas.

El segundo motivo es más esotérico: si afinas demasiado el filo, ese acero, al rojo, descarburizará mucho más de la cuenta.

- ¿Ein?

Perderá demasiado carbono.

- Ah, vale... Esteeee... ¿Ein?

Que el acero se convertirá en un hierraco mucho más pobre, y perderá su dureza. Y, del filo, lo que tú quieres es que sea duro.

Así que la zona del filo debes dejarla un poco gruesa (he leído que entre 1 y 3mm... no tengo datos para ser más preciso) y afinarla más tarde.


Y a por el mango.

Un cuchillo moderno, casi siempre va a ser enterizo: la hoja se prolonga en un cuerpo plano a cuyos lados van sujetas las cachas que forman el mango. Vamos, como el que se curra aquí el figura (no os perdáis estos vídeos).

Un cuchillo medieval, en cambio, va a ser con casi total seguridad de espiga oculta. Así que nos toca sacar la espiga.

La espiga va a ser cuadrada y alargada, y para eso el truco es... darle muchos martillazos a la varilla, hasta que va quedando del grosor deseado.

Magnífica foto (cortesía de Yusuf) de Harald sacando una espiga. Sí, en este caso, empezó el cuchillo por ahí.

¿Y cómo se hace el punto de unión de la espiga con la hoja? Pues con buen pulso, y a martillazos en el borde del yunque. Utilizar la parte trasera de un martillo de peña puede ayudarte a mejorar la precisión y fuerza de los golpes.

- Vale, ya está; tengo la espiga del largo que yo quería, pero sigue de una sola pieza con la varilla original. ¿Cómo lo corto? ¿Con la radial?

Pues es una alternativa, pero mola mucho más hacerlo al rojo, con una tajadera. ¿Cómo que no sabes lo que es eso? Es una pieza en forma de cuña afilada que encaja en el hueco cuadrado que tiene el yunque. Apoyas encima la varilla al rojo, le metes un par de mazazos desde arriba, y cortas el metal fácilmente (¡Ojo! ¡Que, si no tienes ayudante, un trozo de metal al rojo se va a caer rebotando al suelo!)

Claro que, en caso de necesidad... también puedes usar un cincel.

Esto ya va pareciendo una hoja de cuchillo, así que a la parte mágica: templar y revenir.

Lo primero va a ser darle un normalizado a toda la pieza: la subes a temperatura de temple, y la dejas enfriar poco a poco, al aire, o, incluso mejor, entre los carbones de la fragua apagándose. De esa forma aliviarás tensiones del metal, y, en gran medida, evitarás que se doble al templarla.

- ¿¿Que se doble al templarla?? ¡Eso sería un desastre!

Pues sí, sobre todo si la hoja es grande, puede pasar. Pero, como dice el maestro Leonardo Daneluz: si no te gusta enderezar espadas, es que no te gusta fabricar espadas. Que no cunda el pánico, si lo has normalizado, no es normal que un cuchillo se doble. Y si se dobla, tampoco pasa nada: lo enderezas a temperatura de revenido (no te pases), y listo.

Del templado y el revenido ya hablamos aquí, así que no insistiré. Sólo un detalle: no temples la espiga, que cuanto más normalizada quede, mejor.

Y ánimo, que ya casi estamos, ya sólo nos queda el lijado y pulido. ¡Cuidado! Si calientas demasiado la hoja, te cargarás el temple: asegúrate de mantenerla siempre mojada y de no demorarte demasiado con la lijadora. Mucho cuidado sobre todo con el filo y la punta, que, al ser más finos, se calentarán antes, y es precisamente donde no quieres perder nada de temple.

Lo primero es darle la forma correcta al perfil de la hoja (fíjate en la pinta tan espantosa que tiene esa punta recién salida de la forja, y en lo irregular que es el filo)



Y a bajar los filos, con cuidado y calma. Puedes usar una lijadora de bandas, o un disco de lija para la radial como el que se ve al fondo de la siguiente imagen. ¡Ojo con no calentar la hoja!


Se nota la diferencia ¿eh? Terminas de pulir la hoja hasta el acabado que quieras, y ya sólo te quedará afilarla por el método que más rabia te dé. Y después...

...después te esperas a la siguiente entrada, que ya está bien de escribir.


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Desclamador:

Todo lo arriba expuesto que sea correcto me lo han enseñado Germán, Harald o Ferro i Foc. Lo que esté mal, es cosa mía.

miércoles, abril 29, 2009

Cuchillería: una vaina sin (tantas) prisas.

Ya hace algún tiempo hablé del magnífico cuchillo que le había comprado al maestro Germán Gregorio; y de la vaina que hice a toda prisa para poder llevarlo al siguiente evento con cierta seguridad.

Como cualquiera pudo ver, la vaina me quedó más digna de David Crockett que de Ivanhoe.

Ha llegado el momento de hacer una vaina nueva. Así que os voy a contar la historia de una vaina más historiada y más histórica.

Lo primero era documentarse un poco, porque la verdad es que no tenía ni la más remota ida de cómo era una vaina de cuchillo de la edad media. Algunos amigos me habían pasado algunas imágenes de lo más interesante hace algún tiempo, y aunque tenía un par de ideas en mente; aún no tenía nada demasiado claro.

Hasta que me hice con este estupendo librito:

Creo que ya había comentado algo antes sobre otro libro de la misma serie. En ellos, se analizan hallazgos medievales realizados en Londres, en los bancos de las orillas del Támesis. Al parecer, entre los siglos XII y XV se estuvo ganando terreno al río, por el expeditivo método de echar todo tipo de basura y desechos hasta conseguir que sobresalieran del agua; y entonces llamarlo "mi parcelita a orillas del Támesis".

¿Cuál es el resultado? Un entorno fangoso, básicamente anaeróbico, en el que todos los restos se conservan maravillosamente; incluso los materiales orgánicos como el cuero. ¡Ah! y con todo perfectamente datable por diferentes medios, entre los que destacan las monedas y similares que siempre acaban salpicando la basura.

Vamos, que si un arqueólogo moderno hubiera podido viajar en el tiempo para organizarlo a propósito, no hubiera cambiado ni una coma del proceso.

En el libro en cuestión he aprendido, por ejemplo, que el tipo de mango de mi cuchillo es posterior a la época habitual para la que fabrico cosas: los cuchillos de cachas (también llamados de espiga completa; la inmensa mayoría de los que se ven hoy en día) en los que el mango se fabrica con dos piezas unidas a cada lado del metal, no aparecen hasta los siglos XIV o XV. Antes de eso, lo normal eran los cuchillos de espiga oculta (una espiga "clavada" en el mango, de forma que no se ve desde el exterior) Aquí os dejo una imagen de un cuchillo de espiga oculta (aunque para nada medieval) desmontado:

Y también he aprendido que la práctica totalidad de las vainas encontradas estaban fabricadas en cuero de becerro. Incluso hubo una directiva gremial en el Londres del SXIV que prohibía emplear ningún otro tipo de piel para las vainas; aunque no tengo la menor idea del motivo.

La práctica totalidad de las vainas estaban densamente repujadas y grabadas; vamos, lo que se llama horror vacui; casi siempre con motivos distintos en la parte de la hoja y la parte del mango. ¡Ah! y varias tenían incluso restos de pintura.

¿Parte de la hoja, y parte del mango? Pues sí, las vainas solían cubrir una buena porción del mango, ir cosidas por un lateral; y era muy normal que tuvieran ranuras en las que insertar tiras de cuero para colgarlas. El lado sin costura era la parte frontal, visible y decorada.

Y como el libro incluye detalladas ilustraciones de un enorme número de vainas, no tuve más que buscar algunos motivos que me gustaran, y que encontré en un par de vainas del SXIII. Así que al scanner, un pequeño ajuste de tamaño para adecuarse a las dimensiones del cuchillo, y estamos listos para empezar.

El mango llevará un típico motivo entrelazado, y la hoja un... un... ¿qué demonios es ese bicho? ¿un dragón? ¿un grifo? ¿un faisán orejotas? Bueno, un pajarraco.

Siguiendo los consejos del maestro Lupercio, había comprado un buen trozo de becerro engrasado para hacer zapatos, así que ¿por qué no seguir las indicaciones gremiales, y utilizarlo también en la vaina?

Dicho y hecho. Se corta una esquina (ya sabes que más vale que sobre a que falte; en mi caso sobra mucho porque era una zona muy estropeada y poco utilizable) y se van transfiriendo los motivos decorativos con un punzón.


Aunque no tengo constancia de que esta técnica sea histórica, sé que me facilitará la vida al repujar, así que corté la flor del cuero siguiendo las líneas principales del dibujo.


Ya conoces el proceso: al agua un rato, y a repujar con cuidado. ¿Cómo que quieres que te explique cómo repujar? Anda, anda, que ya te contaba cómo iba la cosa hace siglos.


Hay que marcar el cuero con bastante profundidad, porque cuando se le da forma a la vaina, el cuero se estira y el repujado se atenúa. Mucho.

Para cerrar la vaina, empleé la misma técnica que ya usé hace algún tiempo en una vaina de espada.

Lo primero es cubrir bien el cuchillo en plástico de cocina, para evitar en la medida de lo posible que la humedad del cuero oxide el cuchillo.

Y a envolver el cuchillo con el cuero, y sujetarlo por detrás con un par de mordazas para poder coserlo. ¡Ojo! No te pases demasiado en el ajuste en la zona del mango, que según la forma que tenga el cuchillo, luego se puede atascar en la vaina.

¡Y a coser de extremo a extremo!

Yo empecé del centro hacia el mango, y terminé del centro a la punta. Pero la zona de la punta me ha quedado un tanto chuchurría, así que mejor no me hagas mucho caso en esto, y usa tu propio criterio.

Una vez cosido, cortas el cuero sobrante de la costura, y, muy importante, repasas un poco el repujado en las zonas en que se haya diluído al estirar el cuero. Y también puedes hacer un cierto repujado simplote en la parte trasera de la vaina (ya hemos hablado del horror vacui ¿verdad?)

Puedes ver que yo aproveché para cortar las ranuras de las que colgar luego la vaina, y que así el cuero se seque con la holgura necesaria para que quepan bien las correas.

Y a dejar secar bien secado antes de darle una buena lijada al borde de la costura, para dejarlo igualado.

Y aquí es donde empecé a liarla.

No estaba del todo satisfecho con el aspecto del repujado, y me dio por resaltarlo un poco con betún de Judea. Sí, sé que es una decisión muy discutible, pero me daba la impresión de que el dibujo no se veía lo bastante.

Y se me había acabado el betún de Judea. Y, por una serie de circustancias que no vienen al caso, acabé con un bote de betún de Judea... en spray.

Un invento del demonio, imposible de manejar en cosas pequeñas como ésta. Y entre que no me apañaba con el betún, y que, para qué negarlo, el repujado tampoco era un trabajo perfecto... al final acabé resaltando las líneas del dibujo de tal forma que parecía que, más que repujarlo, lo había pintado con un boli BIC.


Así que a hacer la chapu para apañarlo un poco. Se humedece un poco el cuero, y con un granete se va picando con cierta profundidad todo el fondo del dibujo. Lo había hecho antes con un buril acabado en una especie de punta plana, pero está claro que al estirar el cuero desapareció gran parte de ese estampado, y el betún de Judea no tuvo dónde entrar.

Y después de eso, nueva pasada con betún de Judea; esta vez aplicado sólo en el fondo del dibujo con un pincelito. Y tampoco hay que exagerar mucho a la hora de frotar para igualarlo, que si uno se pone con suficiente interés, acaba por eliminar el betún por completo, y volvemos al efecto boli bic.


Para otra vez, me parece que me decantaré, o bien por dejar el cuero repujado tal cual, o bien por policromarlo del todo.

¡Ah! Y no, no hace ruidos espectaculares cuando sacas el cuchillo de la vaina. ¡Qué le vamos a hacer!