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jueves, julio 27, 2023

Otro arconcillo... con trampa. Y retorcido, muy retorcido.

En efecto, vamos a hacer otro arcón, básicamente por el mismo procedimiento que el que hicimos aquí.


- Pues para ese viaje no hacían falta alforjas, oiga...

Bueno, bueno; luego veremos que tiene un truquito.

Lo cierto es que la cosa empezó con algunas diferencias. Para empezar es más pequeño, y además lo quería ligerito, así que en lugar de usar la indestructible haya maciza de casi 3cm de grosor del otro monstruo, en esta ocasión compré directamente tableros alistonados de abeto.

Maldita la hora.

Abeto alistonado de Leroy Merlín, del que viene envuelto en un plástico.
A las 24h de quitar el plástico había pasado esto, señal de un secado realmente concienzudo ¿verdad?
Algunas piezas las pude enderezar, pero tuve que comprar más madera para la tapa, que se empeñaba en retorcerse como un sacacorchos.

Por lo demás, mismo patrón para las piezas, que irán bien pegadas y claveteadas as usual.


Jurovós que dejé la parte superior de esas piezas, la que da a la tapa, lijada hasta que no se notaban las uniones entre las tablas. Ahora mismo hay escalones de casi un milímetro. Madera secada estupendamente, oiga. 

Los herrajes también tienen el mismo diseño que los del otro arcón, aunque un poco más pequeños para adecuarse a su tamaño. 

Otra diferencia con el otro arcón es que a éste le hice unos huecos a formón para que las bisagras y el tirador de cuero quedaran a ras de superficie de la tapa. Sí, enseguida explico el motivo.

Se pinta y se barniza bien todo...


Esteeee... no puedo confirmar ni desmentir que esas líneas negras tengan más relación con un rotulador permanente que con un pincel. Digamos que mis pruebas de concepto con líneas largas y rectas no dieron buenos resultados. 


...y se monta todo junto, con sus refuerzos laterales, su tirador de cuero, y sus asas de cuerda.



- ¡Pues menuda elección de colores y de dibujo! ¡Parece un kiosco de helados!

Jeje... Eso es precisamente porque quería que se pareciera a un kiosco de helados. Bueno, y porque tenía por aquí un par de botes casi llenos de acrílica de esos dos colores, y no los iba a tirar. 

Porque lo que no he contado es que este arcón está hecho a medida. A la medida justa para poder meter dentro ¡una neverita de poliuretano expandido!



- ¡Pero eso... eso... eso es...!

Efectivamente, eso es trampa. Una aberración. Un anacronismo de medio pelo ahí escondido, arruinando cualquier remoto reclamo de historicidad que pudiera tener la pieza. Pero mire, estoy hasta las narices de tener que pasarme por el bar más cercano o de gorronear por ahí cuando quiero una bebida fresquita después de dos horas tejiendo malla bajo un toldo a cuarenta grados. 

Así que primero se ponen generosas cantidades de cola blanca para pegar el fondo de la nevera a la base del arcón y se deja secar al menos 24h.



Por cierto, el que haya una tapa interior que tenga que cerrar bien da un problema: que si colocas por dentro el cordón que hace de tope de apertura, se va a meter en medio y la nevera no se cerrará. Y, si no colocas ese tope, la tapa se vencerá del todo hacia atrás y acabará arrancando las bisagras, que al fin y al cabo sólo están clavadas y pegadas a la madera (podía haber intentado remacharlas, pero ni de coña iba a conseguir mantener el cuerpo del remache recto en madera de abeto mientras martilleaba la cabeza.)

Así que chapucilla al canto: un par de grapas fabricadas a partir de alambre gordo; y el tope, de cordón trenzado con los dedos, irá por fuera. 

Y para terminar, una vez la nevera ya no corre riesgo de moverse dentro del arcón, más generosas cantidades de cola blanca y a pegar la tapa de la nevera a la tapa del arcón. A mí me quedó con la medida justa para que, al cerrar el arcón, quedaran tocándose con un pelín de presión, así que no tuve que hacer cosas raras. Pero si no, siempre hay formas de hacerlo midiendo con cuidado y haciendo pruebas con cinta de doble cara.

De nuevo, al menos 24h de secado, y... ¡tacháááán! ¡Encaje perfecto!


Encaje perfecto... ya... Espera, espera.

¿Sabías que la cola blanca le hace cositas raras a la madera que tiene tendencia a retorcerse? Pues sí, se las hace.

¡Cagüen mi estampa! ¡Otra vez la madera curvada!

En efecto. La cola hizo que la nueva madera de la tapa (¡tenía que haber pillado haya, cohone!) se curvara también. Curiosamente, parece que la cola lo que hace es expandirse, o expandir la madera; así que la parte en la que estaba la cola ha quedado convexa. ¿Algún carpintero en la sala que explique esto?)

El caso es que, a grandes males, grandes remedios. Si la cola blanca hace esto por un lado, a lo mejor también lo hace si la aplico por el otro (esto me lo recomendó alguien, creo que nuestro viejo amigo Coalheart, pero no estoy seguro)

Tapa encolada. Hacer esto tiene una ventaja: impermeabilizas y protege un montón la tapa (de hecho, es lo que hago con la base de las patas) y dos inconvenientes: queda completamente en brillo, no en mate; y como se lleve un arañazo puede empezar a pelarse como la piel de un irlandés a los tres días de vacaciones veraniegas en el Mediterráneo.

¿Funcionó? ¿Se enderezó? Hombre, pues como para usarlo como regla, no; pero sí lo bastante como para que haya que buscar a propósito el hueco para encontrarlo. Éxito parcial, vamos.

- Enhorabuena, así que ya tiene otro trasto por la casa para darle uso una vez al año ¿verdad?

¡Eh! Que lo que tengo ahora es una muy original mesilla de noche para la habitación verde de invitados, que hasta ahora tenía una silla cutre de los '80 que aún andaba por aquí de cuando compramos la casa.




sábado, noviembre 17, 2018

Mercadillos y cachos de hierro: rehabilitando herramientas de forja


- Pero, vamos a ver. Sombrero fedora, chupa de cuero marrón, bolsa bandolera, látigo... ¿es que ahora te ha dado por hacer cosplay de Indiana Jones, o qué?

- Puedes llamarme Doctor Jones. Y lo que voy a hacer es adentrarme en las ruinas perdidas de una antigua civilización olvidada. Allí donde antes había esplendor, gloria y poder, hoy sólo habrá oscuridad, silencio, telarañas y serpientes. Debo estar preparado para lo peor.

- Vas a meterte en blogger ¿verdad?

- Chi.


La historia que voy a contar hoy comenzó hace cuatro años, en un mercadillo de Salamanca. Cotilleando por allí, vi lo que al principio me parecieron unos martillos viejos, pero que, fijándome un poco, resultaron ser una punzonadora y una tajadera de forja, junto con una maza a juego. 11 euracos me costaron las tres piezas.


- ¿Que eran unas qué?

Una punzonadora y una tajadera. Se usan respectivamente para hacer agujeros y para cortar en metal al rojo. Colocas la pieza al rojo sobre el yunque (o, mejor, sobre un mártir encima del yunque), sujetas la herramienta en cuestión en su lugar, y le metes de mazazos. Sí, todo eso puede requerir más de dos manos, en efecto.

Ya, vale, no me he explicado bien. Espera, que busco un vídeo donde se vea cómo se manejan estas cosas:




- Perooo... eso son básicamente cortafríos y punzones gordos ¿verdad? Y los bichos del mercadillo llevan mango ¿no?

Pues sí, hay una variedad de estas herramientas que se sujeta con un mango para mantener las manos lejos de la cabeza de trabajo. Porque a lo mejor, sólo a lo mejor, tú no quieres dejar la mano alrededor de un cortafríos que va a ser golpeado con una maza de más de dos kilos por un tío cansado y con los ojos llenos de sudor y carbonilla. Aunque seas tú mismo con la otra mano. Mazazo a lo bestia que empuja tu mano contra un hierro al rojo. Mal yuyu, lo mires como lo mires.

De esas herramientas con mango son las que encontré en el mercadillo, aunque hay que reconocer que estaban en un estado bastante lamentable, y con unos encabados de lo más rústico.


Vamos, tan rústicos como pueden ser unos mangos de madera. Lo que vienen siendo unos vulgares palos. Con corteza y todo. Y tan podridos que, con un botador gordo y un par de martillazos, salieron sin ningún problema. (En estos casos, si el mango se pone muy tonto, siempre hay un plan B: prenderle fuego. El hierro no arde, la madera sí)

Lo siguiente es hacerse cargo del óxido de las cabezas. Y, desde aquí, debo pedir públicas disculpas a los que alguna vez me han pedido consejo sobre cómo quitar óxido y les he respondido que, o bien lijando, o bien con convertidores químicos que acaban dejando una extraña capa de algo que parece cobre. Porque, efectivamente, hay un método sencillo, doméstico, barato y efectivo para quitar el óxido: el vinagre blanco.


Lo había oído alguna vez, pero siempre había pensado que era un bulo. Hasta que mi amigo y cada vez más extraordinario artesano Ismael documentó todo el proceso en su blog (sí, él es el otro que aún usa blogger). Así que había que probarlo.



Un balde pequeño, tres litros de vinagre barato (lo suficiente para cubrir por completo las piezas) y un poco de alambre para que pueda circular el vinagre por debajo de las piezas. Dejarlo 24 horas, moviéndolo un poco de vez en cuando y recolocando las piezas para que el alambre no deje marcas raras.

Al cabo de un día... están exactamente igual. Pero no desesperes, hay una diferencia importante: ahora, si las metes debajo de un chorro de agua y las frotas, la capa de óxido se desprende con enorme facilidad. Bueno, con enorme facilidad y, a ser posible, con un cepillo de púas y un trapo recio. Que sí, que frotando un poco con los dedos y un estropajo, también sale, pero ¿por qué complicarse?


Es importante enjuagar abundantemente cualquier resto de vinagre, secar bien las piezas, y luego darles una abundante capa de aceite. Porque el hierro húmedo y con restos de ácido, si no, se va a volver a oxidar en menos tiempo de lo que tardas en decir "tengo que comprar WD-40, que se me ha acabado".

Lo siguiente es saber qué hacer con los filos. Vale, están muy machacados y deformados y algo hay que hacer, pero... ¿hasta dónde? Que lo cierto es que yo no es que sepa mucho de estas herramientas, así que ¿hasta qué punto es normal que la punzonadora tenga la punta roma? ¿Y que el filo de la tajadera esté curvado?


Afortunadamente, como siempre he dicho, lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe. Y una consulta rápida al maestro Germán Azote me ayudó a encontrarme a mi mismo y a tomar una decisión: afilar punzonadora. Rectificar y afilar tajadera. OK.

Pero eso será después de encabarlo todo. No por nada en especial, sino por problemas logísticos sobre cuándo tenía a mano la madera, y cuándo tenía a mano la esmeriladora. Si tuviera que templar los filos después de vaciarlos, es obligatorio encabar después del tratamiento térmico (la madera no se lleva bien con el hierro al rojo), pero esto está de un machacado y deformado que está claro que es hierrado intemplable. Y una pieza así de grande, vaciando por desbaste y enfriando en agua con frecuencia, no se va a calentar ni de lejos lo bastante como para afectar al mango.

Así que a encabar. Un primer intento fue utilizar unas ramas de ciruelo que me dio mi cuñado.

Ramas de ciruelo gordiano. Esos nudos de la madera eran intratables. Que me puse en plan Alejandro con el serrucho, pero aquello no se dejaba, y no tenía pinta de ir a quedar ni medio bien.

Pasemos al plan B. Hace años hice un arconcillo de madera de haya, y alguien me dio un sabio consejo: haz un plano detallado de toda la madera que necesitas, comprueba cómo encaja en las dimensiones de las tablas disponibles en el almacén, y luego compra una tabla más de las que necesitas.


Así que, obviamente, me sobró una tabla. (Aviso a navegantes: la siguiente vez que me puse en serio con la carpintería no compré la tabla de más. Y, por supuesto, tuve que volver al almacén a por ella unos días más tarde)

A lo que iba: tenía por casa un tablón de haya de un grosor ridículamente grande para hacer arcones, pero idóneo para hacer mangos de martillo. A por él. Cortamos un cacho de tamaño adecuado, y marcamos el perfil de los mangos. La veta a lo largo.


El ancho lo marcan las cabezas que vayas a encabar, el largo, con lo que te sientas cómodo (yo usé otros martillos que tengo por aquí como referencia) y la forma, la que gustes. En general, una forma curva que se estreche en el agarre hace que la mano tenga referencia al tacto sobre dónde está, y ayuda a que el martillo no se resbale y salga volando sin control (que es algo que se considera, generalmente, indeseable) Y a alguno le llamarán la atención las bases curvas. No sé, me gustan, las he visto en algunas herramientas antiguas, y supongo que es la forma natural de hacerlas cuando no utilizas un torno.

- Oye, tienes ahí cuatro mangos, y sólo habías comprado tres cacharros en el mercadillo. ¿Para qué es el cuarto?

Cosas de la malla remachada. Aunque no es que sea una herramienta muy histórica, hace tiempo que compré una maceta para aplanar las anillas. Y, como en la ferretería me van conociendo, el diálogo fue del tipo:

- Hola, me voy a llevar esta maceta.

- No, tú no quieres esta maceta. Tú quieres esta otra.

- Eeeeehmm... en circuntancias normales, sí, pero por motivos demasiado complicados para explicártelos ahora, necesito que tenga mango de madera, no me vale una moderna de metal.

- ¿Para qué demon... ? na, déjalo. Vale, pero que sepas que es una mierda ¿OK?

Y, por supuesto, el ferretero, que conoce su oficio, tenía razón. Afortunadamente, el mango se astilló poco a poco, en lugar de partirse de golpe y enviar medio kilo de hierro en trayectoria balística descontrolada.

Y así conocí a vuestra madr... no, perdón, por eso estoy haciendo un mango de más. Porque será una cabeza de maceta de hierraco infame, pero para algo valdrá con un mango nuevo..



Sierra de calar, y ya tenemos cuatro protomangos. Siguiente paso: girar 90º, marcar la forma deseada, y repetir. (Esto puede requerir cierto nivel de pericia con la caladora, porque básicamente vas a tener que manejarla a pulso: asegúrate de no inclinarla y, sobre todo, de no poner los deditos delante)


Tampoco hay que preocuparse mucho por la precisión, al fin y al cabo (Al cabo. Jeje. Es gracioso porque es lo que estamos haciendo) esto no es más que un tallado inicial. La gente habilidosa (¿os he hablado ya de Ismael?) haría todo esto con un cuchillo. Yo, que no soy hábil con un cuchillo, lo hago con sierra de calar, pero más que nada por ahorrarme levantar serrín tallando todo con la radial.

Que acabé igual con un dedo de serrín en cualquier superficie que hubiera a mi alrededor, pero había que intentarlo.

Porque el siguiente paso es el guachi fetén. El de las herramientas realmente peligrosas, que hacen mucho ruido, y que levantan mucho serrín. Porque uno puede redondear y terminar de dar forma a los mangos con una escofina, pero eso requiere mucho tiempo, cierta habilidad, y unas buenas escofinas. Yo, en cambio, tengo un enchufe, una radial, y unos discos de lija realmente cafres.


Hay que tener cuidado con el extremo del cabo para que encaje, pero sin demasiadas holguras (yo me pasé un poco rebajando un par de ellos, creo) Con un lápiz bien afilado marcas el contorno del ojo de las herramientas en el perfil de los mangos, y luego lijas siguiéndolo.



Estuve tentado de dejarlos así. Al fin y al cabo, la idea es manejarlos con guantes gordos de trabajo. Pero bueno, ya que estamos, habrá que darles una buena pasada de papel de lija. Y es que no hay trabajo en el que uno se libre de echar un poco de aceite de codo.

Uhmmmm... Creo que no tengo fotos de esta fase. Bueno, pulidos, lo que se dice pulidos, no los dejé; pero al menos eliminé el grueso de las aristas.

En fin, siguiente paso. Preparar los cabos para sujetar las cabezas. Hemos dicho que una cabeza de martillo voladora no es deseable, así que el mango, una vez insertado, debe expandirse para sujetar bien la cabeza metálica y minimizar sus posibilidades de despegue.

Para lograrlo, la técnica habitual es tirar de serrucho y abrir un corte en el extremo del cabo, tan profundo (o casi)  como la altura de la cabeza de trabajo. En ese corte, una vez encabado el mango, se insertará una cuña de la misma madera. Esa cuña abrirá el extremo, fijando firmemente la herramienta.


Lo suyo es encajar la cuña dando muchos golpes suaves, sin apresurarse, o partirás la cuña antes de que termine de entrar. Cuando deje de entrar y empiece a rizarse, es que ya no va a llegar mucho más lejos.


Hay quien da una capa de cola de carpintero para fijar la cuña, pero tengo curiosidad por ver cuánto aguanta esto. De hecho, es posible que merezca la pena meterle una cuña metálica en diagonal a todo esto, pero, de nuevo, quiero ver cuánto aguanta (y eso que tengo las cuñas metálicas)

Pero a lo que íbamos: no vas a dejar la cuña ahí a medio entrar, y el extremo del cabo tan exageradamente largo asomando por encima de la cabeza del martillo. Serrucho, y a cortar al ras mango y cuña.

Espero que esto aguante bastante, al fin y al cabo (Jeje, he dicho cabo) el mango de haya es resistente y duradero, pero... Pero lo será mucho más si le das una manita de aceite de linaza.

- Ya estamos...

- Pues sí, y es que en esto del aceite de linaza hay dos escuelas.

- No, por favor, no lo diga...

- Sí. Como con la tortilla de patata.

- Mierda, lo ha dicho.

El aceite de linaza puede comprarse con secante y sin secante, igual que la tortilla de patata puede hacerse con cebolla y sin cebolla. Hay quien dice que la tortilla de patata debe ser sin cebolla, porque eso es estrictamente "tortilla de patata". Vale, a lo mejor tienen razón, pero están condenados a la insipidez. También hay quien dice que el aceite de linaza debe ser sin secante, porque así penetra y cuida mejor la madera. Y vale, a lo mejor también tienen razón, pero están condenados a tocar madera pringosa durante años. Porque ese potingue no se seca jamás.


Y cuando el aceite deje de manchar (porque, cuando lleva secante, deja de pringar; si no, pringa para siempre) ya podemos afilar la punzonadora y la tajadera. Marcamos las zonas a desbastar (quiero dejarlo todo como está excepto las puntas de corte), y a la amoladora. La punta hacia arriba en un ángulo fijo, enfriar en agua cada poco, que quede todo uniforme y bien centrado... Qué te voy a contar, si estás leyendo este blog.


¡Qué gozada de amoladora me regaló mi compañero Giuseppe, coñe, es que ni se ha inmutado con estos tochos de hierro!

Dejé los vaciados curvos y unos filos de unos así-a-ojímetro-como-60º. Que no te fies de mí, pero me da la impresión de que puede ser un ángulo adecuado para darle caña al hierro al rojo y no mellarse a lo bestia.

Con esto es más que suficiente para que la herramienta sea práctica, pero bueno, ya que estamos, vamos a darle un acabado un poco más fino.


Suavizado de la forma con grano 120 y un pulido básico a grano 240, y las herramientas quedan más que presentables para presumir de ellas. Que lo voy a hacer, sin duda.

Empezando ahora mismo, que el tormentón en ciernes me está dando un momento de gracia con una ventana de sol para poder sacar fotos chulas.


¡Eh, que la cosa ha mejorado un pelín, oye!


Por cierto, debo decir que me ha pasado algo muy raro en estas últimas fases del proyecto. A ver, no tan raro, cada vez que hago algo relacionado con la mecánica me pasa, pero es que... ¿cómo es posible que me sobre una tuerca encabando martillos y afilando hierracos?


Esta tuerca. En algún momento del desbastado y afilado se ha caido esta tuerca. No es del banco de trabajo, no es de ninguna de las herramientas que he utilizado, y, hasta donde yo sé, una tajadera no lleva tuercas... Mierda ¿qué demonios se me va a desmontar en el futuro próximo?


martes, septiembre 11, 2012

Arconcillo (2): Ensamblando y dando la chapa.

Hace algo así como un millón de años, nos quedamos con todas las piezas de madera del arcón cortadas y pegadas.

A menos que las hayas cortado con una absoluta precisión (cosa que a mí no me pasa) verás que no terminan de encajar del todo bien entre ellas, así que te tocará un rato de escofina.


Una vez tienes el ajuste deseado, generosas cantidades de cola blanca, y lo fijas con unas escuadras profesionales lo que puedas para que aquello se seque bien recto.



O casi. Al final me ha quedado torcido cosa mala. No voy a publicar las medidas de la vergüenza, pero... muy torcido. Digamos que mi exacta, perfecta y matemática geometría ha quedado un pelín como de letras mixtas, no sé si me explico.

Una vez bien seco todo, claveteas las uniones.


Fíjate en la foto de arriba que las piezas no están a ras, sino que los perfiles de las tablas sobresalen de la superficie. Eso está hecho aposta, para igualarlo es más fácil cortar y lijar el perfil de la tabla, que rebajar toda la superficie si te has quedado corto. Y, puedes creerme, te hará falta igualarlo.



No te olvides de darle una limada especialmente cariñosa al borde, hasta asegurarte de que la tapa no cojea.



Y, por supuesto, hay que darle una nueva lijada a todas las superficies hasta dejarlas bien uniformes.

 

Bien, ahora tenemos dos cosas que llaman mucho la atención en nuestro espacio de trabajo: un arcón de madera ensamblado, y montañas y montañas de serrín.

Anda, para un minuto y barre un poco.

...

¿Ya? Vale, sigamos. Habrás visto que un arcón hecho de madera tan gruesa pesa un quintal, ¿verdad?

Pues no es suficiente. Vamos a meterle un poco de metal para que pese más, qué demonios.

Porque está claro que, tal como hemos pegado las tablas entre sí, el arcón tiene muchas papeletas de caerse a pedazos después de unos cuantos viajes y un poco de maltrato. Casi que vamos a meterle unos refuerzos ¿no?


Para los refuerzos y bisagras he utilizado hierraco de 2mm, más que nada por estos tres motivos:

- Porque es lo bastante sólido como para aguantar bastante esfuerzo.
- Porque es lo bastante fino como para trabajarlo sin necesidad de una fragua.
- Porque tenía un buen trozo en casa y no sabía qué hacer con él.


Oooops! Esas piezas pequeñajas me suena que las he visto hace poco... Sí, justo cuando hice limpieza del taller, las tiré pensando que eran recortes inútiles; ahora me acabo de acordar para qué eran. Disculpad un segundo, tengo que cortar un poco de chapa...

...vale, ya está; no ha pasado nada.

Podéis ver, de izquierda a derecha:

- Dos pletinas anchas, de las que saldrán las bisagras de la tapa.
- Cuatro pletinas estrechas, que formarán los refuerzos laterales.
- Una plancha ancha, que dará resistencia al fondo.
- Dos pequeñas tiras (ejem) que unen la base de los laterales para que no se abran.

Te estoy viendo la cara. Sí, he dicho bisagras. De chapa. Tentador ¿verdad?

En realidad, una bisagra es una cosa muy simple. Consiste en calar un rectángulo en un lado, y cortar una T en el otro.


No sé quién me comentó en Argüeso que esa forma trapezoidal era la más documentada en la Castilla del SXIII. Yo no he sido capaz de encontrar ninguna documentación, en un sentido o en otro, así que haremos caso.


Con la ayuda de un soplete para trabajar más fácilmente, doblaremos la chapa de las bisagras sobre el clavo que hará de eje. Puede ser buena idea envolverlo antes con un poco de cinta de carrocero: te garantiza que queda algo de holgura para que la bisagra gire, y, a las malas, la puedes eliminar dándole directamente una pasada de soplete.

Si te queda más holgado de la cuenta, siempre puedes ayudarte de un cincel al que hayas limado el filo para cerrar mejor el ojo de las bisagras.


Lo suyo, por supuesto, es que metas este invento en la fragua, le eches una buena cantidad de borax, lo lleves al amarillo chisporroteante, y lo sueldes por caldeo a martillazos.

Pero eso no va a pasar en mi piso ¿vale? Bastante es que utilice soldadura de arco para darle un punto (muy mal dado) y que no se menee.


Te estarás preguntando: ¿y cómo nos aseguramos de que el clavo no se salga? Y yo te respondería: pues remachamos el otro extremo, y listo.

¡Ay, qué error más grande! El puñetero no se deja.

Media docena de clavos más tarde, me empecé a convencer de que los malditos eran demasiado largos y finos, y de que no se iban a dejar remachar, sino que sólo se dejarían doblar.

Una docena completa de clavos doblados más tarde, ya lo dejé por imposible. Venga, vale, que se queden doblados y que les den. Hay veces que la pieza no está ahí dentro, y no está ahí dentro. No vas a encontrarla por mucho que insistas, así que busca alternativas. Clavo doblado. Vale, es más feo, pero al fin y al cabo no se sale.

Para terminar con las bisagras: hay muchas formas de fijarlas; yo me decidí por la más sencilla, que implica el mínimo de pliegues del hierro, y que deja la superficie del arcón libre de refuerzos metálicos que clavarte en las posaderas. La parte del lateral del arcón irá por fuera (con su forma decorativa) y la parte de la tapa irá por el interior (por eso la dejé recta) 

Ya, ya lo sé, no comprendes cómo va eso. En breve lo verás claro, mientras tanto, debes saber que habrá que hacer unos rebajes en la madera para que las bisagras que se clavarán en la tapa encajen en el cuerpo del arcón, sin hacer que la tapa cojee.

Para eso, hacemos unas cuantas incisiones verticales a formón hasta la profundidad adecuada:


Sacamos la madera que sobra, de nuevo a formón:


y, tras un poco de escofina y lija...


Para acabar con la forma de la chapa, ya sólo nos queda doblar los refuerzos laterales. Empiezas doblando con unas pinzas de forja, o unos alicates bien grandes.


Y terminas cerrando a 90º a martillazos.


Mucho cuidadín con cómo lo haces: debe quedar ajustado al arcón, lo justo para entrar con un poco de esfuerzo, pero sin que se abran los laterales. Puede requerir un poco de ensayo y error hasta que le pilles el truco a las medidas y a cómo se dobla la chapa.

Pero al final, presentas los hierros al arcón... y oye, la cosa va teniendo un aquel.


Taladramos los agujeros en los que irán clavos y, a falta de pavonado en forja, pintamos los hierros de negro... y en la próxima entrada seguimos hablando.