Los guanteletes (2): El nacimiento de la cofradía del puño.
Mateo, el aprendiz, recorrió los últimos metros que lo separaban del altar de la iglesia. El gremio de armeros lo había seleccionado para representarles, teniendo en cuenta sus dotes, su inteligencia, su habilidad, y, sobre todo, que había sacado la pajita más corta.
Después de subir de rodillas los setenta escalones (los había contado) que llevaban a este lugar de iluminación, Mateo se sentía muy especial. Prácticamente, único. Sobre todo, porque, probablemente, era la persona a la que más le dolían las rodillas en todo el mundo.
Pero eso no era muy molesto. Lo más molesto era maese Pietro.
Maese Pietro era el gran maestre del gremio de armeros. Y no sólo le había encomendado esta rogativa, sino que había decidido acompañarle.
Claro, que maese Pietro no subió de rodillas. Maese Pietro subió andando tranquilamente, mientras, eso sí, no paraba de ensalzar las virtudes morales del sacrificio y el dolor físico. Cuando llegaron a lo alto de la escalinata, y maese Pietro comentó lo agotador de la subida, Mateo tuvo unos pensamientos muy poco cristianos; y que incluían a maese Pietro, una cesta de berenjenas, y un martillo para corazas del número tres.
Ya ante el altar, Mateo se postró de bruces, tal y como le habían instruído.
-¡Esa nariz más aplastada contra el suelo! -siseó maese Pietro por la comisura de la boca-. Tu postura no resulta lo bastante piadosa.
Mateo contuvo el impulso de aplicar un poco de piedad y de nariz aplastada contra el suelo a maese Pietro, y gruñendo un "Sí, maese Pietro", se hundió aún más contra el marmol del suelo.
-Venga, adelante, dilo -ordenó maese Pietro.
-Pudfavdssñr, muztrenoz lz zectz y medoz kenz pedmtaran pdotege lz mnoz dloz gueroz konztrarte
Un monje que, en ese momento, pasaba cerca del altar mayor, se quedó contemplando un instante a Mateo; para, acto seguido, salir corriendo mientras se santiguaba una y otra vez.
-¡Vamos, no seas idiota, y dilo más claro! -exclamó maese Pietro, propinando al postrado Mateo un puntapié en las costillas.
-¡PUDFAVDSSÑR, MUZTRENOZ LZ ZECTZ Y MEDOZ KENZ PEDMTARAN PDOTEGE LZ MNOZ DLOZ GUEROZ KONTRARTE!
Maese Pietro se agachó rápidamente, hasta que su boca quedó casi a la altura de las orejas de Mateo. Tras unas rápidas miradas de soslayo, que le permitieron comprobar que, efectivamente, todos los que estaban en la iglesia les estaban mirando, susurró:
-A ver, chico, vale, puedes despegar los morros del suelo.
-¿KMO DCS, MEZTRO?
¡PLAS! -resonó el collejón por toda la iglesia-. Vale, chaval, otra tontería más, y vas a estar recolectando estiércol para encender la fragua hasta bien entrado el siglo XV. ¿Entendido?
-Sí, maestro- respondió Mateo, mientras se preguntaba si, tal como le parecía, le estaba sangrando la nariz.
-Venga, dilo como te hemos enseñado, y sin tonterías.
-¡Por favor, Señor, muéstranos los secretos y medios que nos permitirán proteger las manos de los guerreros con nuestro arte!
-Muy bien dicho, rapaz. Ahora, te será desvelado un nuevo arcano del gremio. Sólo tienes que esperar hasta tener una iluminación mística.
-¿Lo qué?
¡PLAS! -volvió a resonar un collejón por la iglesia-. La iluminación mística, chavalín, la iluminación mística. El motor del progreso, la fuerza que impulsa el desarrollo. La iluminación mística, chico.
-¡Ah! ¡Eso! Pues yo no me veo muy iluminado que se diga. Aquí dentro está más bien oscuro y...
¡¡PLAS!!
Cuando Mateo recobró el conocimiento, unos instantes más tarde, se dió cuenta de dos cosas. Por un lado, se le había aflojado un diente cuando su cara rebotó contra el duro suelo. Y, por otro, sí que había recibido una iluminación mística.
-¡Maese Pietro! ¡Creo que lo tengo! ¡Al menos, creo que sé cómo empezar!
-Ah, muy bien chico, sabía que no me decepcionarías. Vamos, levanta, y me lo vas contando según salimos.
-Si, maese Pietro. Creo que, en realidad, es muy fácil.
-¡Cuenta, cuenta!
-Lo primero que habría que hacer es hundir un poco la chapa de toda la zona de la mano. Pero sólo un poco, nada exagerado.
-¿Cuánto exactamente?
-Pues hasta, más o menos, tener la misma curva que el dorso de una mano.
-Parece lógico.
-Sí, maese Pietro. El siguiente paso sería hundir aún más la zona de los nudillos.
-Claro, para dejar espacio cuando se cierre el puño.
-Exacto. Aunque aquí es posible que sea necesario elevar también un poco sobre una estaca de bola.
-¿Elevar sobre una estaca de bola? ¿Estás seguro? -preguntó maese Pietro con cierto tonillo de desconfianza.
-Bastante seguro, maese Pietro. Me parece que, si sólo se hunden, no se van poder curvar lo bastante.
-¿Y la aprovecharíamos también para empezar a aplanar?
-Claro- respondió Mateo, algo sorprendido de que su maestro no fuera absolutamente inútil.
Saliendo a la luz del exterior de la iglesia, ambos se detuvieron, mientras Mateo gesticulaba, nervioso, intentando explicar los siguientes pasos de su visión.
-Lo siguiente, maese Pietro, sería darle la forma curva para envolver la mano.
-¿Y cómo dirías que habría que hacerlo, muchacho?
-Primero, habría que doblar los laterales hacia abajo. Yo lo haría empleando la misma estaca de bola, con cuidado de que quede espacio para cerrar el puño dentro.
-Ya, pero eso dejaría la parte de la muñeca con ángulos muy raros. Esa solución tuya no me vale, chico.
-Va, eso no tiene importacia. Con una estaca cilíndrica se podría corregir esa forma, mitad a mano, mitad a martillazos -continuó Mateo, con un gesto que parecía desechar como tonta la objeción planteada por su maestro.
¡PLAS! -¡A ver si me muestras un poco más de respeto, niño! -dijo Maese Pietro, frotándose la ya dolorida mano contra su rica camisa-. A ver, puede que eso funcione, pero, aún así, la pieza de la muñeca va a quedar muy apretada, y los guerreros no podrán mover la mano.
-Para evitar eso, habría que expandir el borde -siguió Mateo, palpándose el nuevo bulto de su cabeza.
-¿Expandir el borde? ¿Me estás tomando el pelo?
-No, maese Pietro. Es lo que John, aquel armero de Albión, llamaba "flare". Sólo es sacar el borde hacia fuera. Lo que pasa es que, como hay bastante material, para que se dé de sí, hay que darle unos buenos martillazos en el proceso, para que la chapa se afine y se estire un poco.
-¡Ah! Claro, claro -respondió Maese Pietro-. Lo sabía, lo sabía.
-Lógicamente, después de esto, la curva se habrá deshecho bastante, así que habrá que ajustarla, y terminar de planificar bien toda la pieza.
Cogiendo del brazo a Mateo, maese Pietro reanudó la marcha hacia la escalinata. -Oye, chico- dijo -. ¿Y no sería bonito darle cierta forma a los nudillos y los huecos entre los dedos?
-Pues sí. La parte del pulgar sería fácil. Con un martillo de bola pequeño y un poco de cuidado, se podría hacer incluso sobre una estaca de bola. Claro, que también habría que sacar el protector del pulgar un poco hacia fuera para que no moleste al abrir la mano.
-Te sigo chico, te sigo. Y ¿cómo harías un hueco entre los nudillos?- preguntó Maese Pietro mientras comenzaba a bajar la escalinata.
-Pues esa parte no la tengo tan clara, la verdad.
-¿Qué? -exclamó Maese Pietro, deteniéndose en seco-. ¿Acaso la visión estaba incompleta?
-No, maese Pietro. Tengo bastante claro que haría falta una herramienta nueva con la forma de unos nudillos, y un cincel redondeado y sin filo. El problema es otro.
-¿Y qué problema es ese?
-Pues que alguien tiene que manejar el cincel y el martillo, mientras alguien va colocando la pieza sobre los nudillos. Y claro, eso son dos personas.
¡Pero eso no es problema, pedazo de bobo! - respondió Maese Pietro, haciendo un aspaviento con los brazos-. ¡Tu y yo somos dos, cretino!
Con un rápido gesto, Mateo plantó firmemente su bota en la prominente barriga de Maese Pietro, y empujó con fuerza. Contemplando cómo su cabeza rebotaba satisfactoriamente contra prácticamente todos y cada uno de los setenta escalones que bajaban a la calle, Mateo bajó la escalinata dándole vueltas a su dilema. ¿Quién le ayudaría a completar la obra, y sacar al mercado estos novedosos guantes de hierro? Y todavía tenía que ver cómo proteger la muñeca y los dedos...
Sin apenas una mirada al retorcido cuerpo de su antiguo maestro, Mateo dobló una esquina y se alejó del lugar, fantaseando con todo el dinero que ganaría. Tal vez, incluso pudiera comprarse una montura extraordinaria...









